jueves, 21 de junio de 2012

Elogio de la idiotez

Quisiera, como quisiera, 
tener la misma capacidad que Cortazar,
de encontrar la forma perfecta
de explicar algunas cosas. 



Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.

Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malisimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.

Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.



Cortazar, claro.


PD: Yo ya sabia que era loco, y estaba algo orgulloso de ello, pero ademas soy idiota, soy tan idiota.
PD: El texto se titula: Hay que ser realmente idiota para... (Ensayo). (Gracias a Carlos por el dato)

miércoles, 20 de junio de 2012

Mi reino por un caballo

Me enfrento al espejo, y en una curiosa deformación del tiempo, no me veo tal como soy. Veo al mismo tiempo todas las personas que fui, con cierta añoranza, cierta nostalgia, de un pasado que acaba de terminar.  La tranquilidad de los puertos conocidos se me ofrece tentadora, pero Pandora me promete la sorpresa, y en mi ánimo está la inquietud, la intranquilidad de no saber a que me niego.


Vuelvo, una y otra vez a Kierkegaard. Alguien escribió alguna vez "más vale malo conocido que bueno por conocer", lo que parece ser cierto, lo que muchas veces es cierto, pero no vale de nada que sea cierto a priori, conozcamos "lo bueno por conocer" y en todo caso digamos después "vale más el malo que conocíamos de antes que este otro malo novedoso". Kierkegaard, a él le atribuyo una frase -El ímpetu del entusiasta puede terminar en una derrota, pero el triunfo del que nivela constituye, por eso mismo, una derrota-, de una obra llamada "Crítica del presente". Tengo un recuerdo completamente nítido de esa frase, de haberla leído y haberla incorporado en mi adolescencia, sin entenderla, o entendiendo quien sabe qué. Dudo mucho de haber encontrado lo mismo que el autor escondió allí. En la cadena de variaciones, tenemos en primera instancia el idioma, Kierkegaard no escribió en español, y la traducción no es una ciencia ni una técnica, es un arte. (El "Canto a mi mismo", de Walt Whitman, es un claro ejemplo: comienza I celebrate myself, and sing myself, donde alguien lee "Me celebro y me canto a mi mismo" otro dice "Yo me celebro y yo me canto" y otro dice "Me celebro y me canto"), por lo que algo se perdió seguramente ahí, y si bien mi recuerdo es firme y claro, tengo bien presente que la mente nos hace jugadas arteras, y quizás yo esté tan convencido de mi memoria como el fabulador de sus fábulas.

Le encontré recientemente un significado, al evaluar si conviene apostar o no. En el momento en que la duda te lástima, cuando pusiste todas las fichas en el paño, y no las podes quitar de ahi, y el croupier sigue cantando los números de la ruleta, y de pronto sos rico y de pronto sos pobre, y cuando el temor a perder te hace flaquear; pero estas ahí, la vida te esta pasando, y siempre te queda un resto, hasta que escuches la temida voz anunciando el cierre del casino. Concretando la idea, el que no apuesta por temor a perder ... ¡esta perdiendo!.

De casualidad, encontré hace unas semanas en un suplemento o revista literaria un artículo sobre Mishima, un escritor japonés del cual poco sé (forma parte de otra lista, la de lecturas pendientes), de quien me llega un "Apostar con prudencia no tiene sentido", otra frase llamada al registro de la memoria, otro cachetazo al aletargamiento en el que la costumbre y la rutina nos sumergen.

Un punto es un punto, dos puntos son una recta, tres puntos marcan un plano. Cierro mi trilogía, citando ahora a Juan Salvador Gaviota. Recuerdo haberle regalado a una de mis hermanas, para aquella misma época, un poster comprado en Plaza Italia, rojo, muy rojo, diciendo: "mi vida es la esperanza de encontrar la libertad", que por años decoró su dormitorio en la vieja casa familiar.

Entre esas cosas estoy hoy, tratando de darle cuerpo al plano en que me muevo, apostando con osadia,  esperando ganar y volverme libre. Apenas eso.

Un dia de miercoles

Pongo la mesa sin esfuerzo. Un solo tenedor, un solo cuchillo, y entre bocado y bocado converso, distendido, con los fantasmas de visita. Yo sólo quería estar solo un rato, quería poner la mente en blanco, descansarla, quería que fuera verdad la respuesta "en nada" a tu previsible inquietud sobre mis devaneos.

¿Porque?. ¿Porque será que lo primero que se me ocurre es que debo hacer una lista de los fantasmas presentes?. No gano nada con eso, mas que distraerme, poner la atención en ver quien está en cada lugar, cual esta escondido detrás de quien, quien esta llegando tarde. Entre mate y mate, pienso tonterías. Recuerdo a Los Pitufos, pequeños imaginarios, donde hay uno de cada clase, el loco, el torpe, el soñador, el constructor, el algebraico, y es así, así como los veo, voces que pelean frente de mi, por llamar mi atención, por inspirar mi voluntad.

11:45am. Aun no sé que haré hoy. Quizás si, quizás sepa algunas de las cosas que haré, como escribir-tomar mate-tender la cama-hacer alguna compra-ordenar un poco-almorzar-leer-revisar listas-hacer nuevas listas, y corto aquí, y veo que ya lo hice otra vez, otra vez lo hice y sin darme cuenta, es más fuerte que yo, me sale de adentro. Ya está la lista en escena, de cosas por hacer, y, en mi fuero íntimo, se que aun no escribí las importantes.

Asusta un poco, la sensación de no tener algo trascendente que hacer hoy. Como vienen las cosas, este dia terminará, y sera uno más de los días de los que no saqué lo que debía. Que hacer, que hacer para romper el maleficio.

Tengo una idea. Una idea loca, quizás, pero así deben ser las ideas. Si la idea no es la idea de algo nuevo, entonces no es una idea, sino un recuerdo. Las ideas deben ser nuevas.

Conocí y olvidé la costumbre de estar solo, de pronto me siento bien conmigo, y de pronto no, y me surge la necesidad de tratar gentes, conversar, compartir. Entre esas lides, pienso en la gente que creo conocer (¿acaso es posible conocer a otra persona?), y pienso que ojalá la persona en la que pienso no este sola, porque no se si puede cebarse un mate así como está.

Y el pitufo osado me dice "anda", y el pitufo timorato me dice "no da", y el otro me dice "el no va a entender tu visita", y otro dice "va a pensar que tenes otra intención" y el otro me dice "por ahí tenes una idealización de la realidad" y no falta otro que diga "es feriado. seguro que ya organizó algo".

Y el último al que le presto atención, me dice "manda a todos mis congeneres a la mierda, y termina de escribir lo que estabas escribiendo, y ya".

martes, 19 de junio de 2012

La razón de la trampa de la razón

Creyó que el mar era el cielo; 
que la noche la mañana. 
Se equivocaba. 

Me llevó un tiempo darme cuenta del error. Como todas las veces, no hice más que interpretar a mi favor los signos y señales, que quizás ni siquiera eran eso. Confié ciegamente en mis fuerzas, me sentí seguro y victorioso levantando un castillo de naipes imaginario, que no sobrevivió a la primera corriente de aire, una colección de pompas de jabón en las que miraba mi reflejo y mi futuro, hasta que una por una explotaron, y solo quedo nada.

Son curiosas las trampas de la razón. Digamos que el primer contacto fue casual, fue enteramente casual, esperando en la fila para pagar la compra, o los impuestos, ya no recuerdo. Un primer vistazo. Lucías atractiva, y los primeros calores del verano por llegar te hicieron elegir esa blusa, sencilla, que no alcanzaba a disimularte. Algunos electrones cambiaron de lugar dentro de mí, alguna reacción química modificó mi sangre, un hormigueo antiguo recorrió mi espalda, y el mundo ya no fue como antes nunca más.

Invadiste mis noches y mis días. Me dediqué -sin proponérmelo al principio- a saber de ti. Intentar verte, desde lejos, fingiendo encuentros casuales, buscando excusas para coincidir en el ascensor. Cambié de panadería, solo por verte elegir facturas, estirándote, y dejé de comprar ravioles donde los compre toda mi vida, solo por simular el azar de encontrarte en la fábrica de pastas, y conocer tus gustos sobre las salsas.

La manera más fácil de extraviarse es llegar a una bifurcación y tomar un camino sin darse cuenta de que hay otro camino posible en ese lugar. Una vez que entramos en él, sin saber que podíamos no haber entrado, no tenemos a mano la posibilidad de volver sobre nuestros pasos y corregir. Esa es la trampa de la razón. Había una alternativa, pero no la vi. Había otra lectura posible de los hechos, pero no la quise intentar. Razoné, simplificando, que si no es cara es cruz, si no es par es impar, y no era ni una moneda ni un número. Lo nombraste, por primera vez lo nombraste en frente de mí, y lo que debió haber sido una señal de alerta, lo que debí entender como un modo cortés de desalentarme, lo que quizás no era más que un modo de decir, lo convertí en una invitación.

Él. Él. No sabía muy bien si existía o no, no lo había considerado siquiera. ¿Quien es él?. El padre de tus hijos, así lo nombraste. En el complejo juego de señales cruzadas, esta la entendí mal, como entendí mal todo, desde un principio. ¿Buscabas mostrarme un lugar vacío a tu costado?. Eso entendí, eso quise entender, ¿¿buscabas hacerme ver sin lastimarme?, ni se me paso por la cabeza esa posibilidad, ni ninguna otra. Entendí lo que quería entender, vi lo que quería ver, supuse lo que quería suponer, dejé la razón a un lado, y fui por ti. En el apuro, olvidé la prudencia y la compostura, olvidé el tacto y la diplomacia, me expuse públicamente, hasta el punto de incomodarte.

Así estoy hoy. Entonces, las señales que busqué y encontré, los significados que le di a cada uno de tus gestos, todo fue deformado por un cristal del color de la obsesión. Donde quise ver una piscina, encontré un pavimento de adoquines, y mi cara quedó así, aunque el dolor que me duele es el otro.

sábado, 16 de junio de 2012

Me persigue

Tengo de un lado de mi vida todo lo conocido, todo lo realizado, todo lo construido. Amo todo eso. Amo mi historia, y me apego a ella, me adhiero a los recuerdos, los lugares conocidos, las rutinas; el reino de lo previsible -dentro de la gran imprevisión-, en el que sabemos las caras y los gestos y los temas y los nombres, conocemos los pasos y los sitios, conocemos las preguntas y las respuestas y de a poco, de a poco, nos vamos automatizando, nos vamos sistematizando en el trato, sabemos que hacer y cómo hacerlo y cuando hacerlo, y vamos perfeccionando ese rinconcito en el cual nos aquerenciamos, del cual solo salimos de tanto en tanto, en el que nos vamos encerrando sin saber, refugiándonos en el calor tibio de los ambientes familiares, habituales.

Y aquí y allá, por donde mire, lo veo, con la misma paciencia del detective en Crimen y castigo, con la misma omnipresencia de la conciencia del criminal, ahí está él, esperando, latiendo, asomándose cada vez que estiro el cuello o me pongo en puntas de pie u oteo el horizonte, aparece en mis sueños, es un rumor constante como el eco del agua corriendo sobre un lecho rocoso, que a veces baja escasa, haciendo sonar un murmullo casi imperceptible, tan suave que hay que prestarle atención para distinguirlo, y otras veces cae impetuosa, torrentosa, abriéndose paso, lavando las orillas y arrastrando las piedras sueltas.

A veces lo veo con temor, le pido que me espere, que me de tiempo, y él solo mira su reloj, como si no supiera qué hora es, y abre su valija y me muestra el repertorio de catálogos, de promesas virtuales, de todo lo que tiene disponible para mí. Y cada día que pasa, saca una hoja del almanaque, le hace un bollo y la tira, marcándome que tengo un día menos, invitándome a creerle, a confiarme a él.

Miro hacia atrás, un pasado que me saluda, que me bendice y me dice adiós, ya está, ya es hora, vete, vete de aqui, y del otro lado él, en permanente persecución, pertinaz, obcecado, incansable, mi futuro.

viernes, 1 de junio de 2012

Libre

Para la libertad, 
sangro, lucho y pervivo,
para la libertad, 
tus ojos y mis manos.


Supe, hace muchos años, escribir en un espejo que hoy no existe: “Quiero ser libre. Absolutamente”. Lo escribí una vez, y lo leí muchas veces. Fue un instante de lucidez, en el que me dejé a mí mismo el recordatorio, y verme al espejo, la rutina de mirarme, era al mismo tiempo la rutina de ver a una persona –un yo visto por mí mismo, desde afuera de él- y ese mensaje, una más de las tantas anclas y referencias que me dejé, para el día que volviera, una colección de símbolos y señales, algunos permanentes, otros de impredecible utilidad, como las migas de pan de Hansel y Gretel, un rapto de lucidez inconsciente de la trascendencia del acto y su consecuencia, quizás más genuino que este otro, en el que escribo estas líneas, sin poder ignorar que volveré sobre ellas, y sin poder evitar elegir qué cosas me digo y de qué modo. Aun escribo desde afuera de mí. Aun no estoy sentado frente al teclado, sino detrás de mí mismo, dictándome al oído, mirando cómo suena mi voz.

El hombre arriesga cada vez que elije, y eso lo hace libre. Gracias Alterio. Me preguntaba recién a que le llamo ser libre, de que se trata. Peor aún, la libertad absoluta. Las libertades parciales son evidentes: libre de vicios, libre de jefes, libre de horarios, libre de deudas, libre del televisor, libre de la rutina. Todas esas libertades, y cuantas otras, son libertades a posteriori, son libertades pero también son liberaciones. Podría hacer uso de mi libertad, y elegir no liberarme, disfrutar de los vicios y los jefes y los horarios y las deudas y el televisor y la rutina; poder elegir algo y poder no elegirlo, poder elegir una cosa u otra opuesta, la libertad es ese instante, en el cual realizamos la elección, y quizás no dure más que eso.

Para los cuerdos –mal que me pese, lo soy- la libertad absoluta es una quimera. Uno ve un loco, encerrado en su locura, preso de ella, e imagina que ha perdido la libertad. Pero para uno, siempre acechado por la lógica y la conciencia, la libertad es una ilusión, porque hacemos uso de ella cada vez que elegimos, y luego, apenas luego, caemos presos de la elección tomada. No hay tal grado de libertad, no hay a la sombra de la conciencia una libertad total y omnipresente, lo que tenemos son innumerables oportunidades de elegir. Podría, aquí y ahora, borrar esto que escribí, pero no quiero; podría tomar la notebook y revolearla contra un ventanal, o prender fuego la casa, o afeitarme la cabeza, o salir desnudo a la calle, o matarme. Soy libre de todo eso, pero también soy libre de no hacerlo, y como soy un poco timorato y un poco tibio, dejo para otro día tomar las elecciones cuyas consecuencias son más difíciles de retrotraer.

La caridad bien entendida empieza por casa. La libertad también. Los ratos de inconsciencia son breves, escasos. Es ahí, en ese momento, cuando Pepe Grillo descansa, cuando la libertad asoma. El resto del tiempo, vamos de ilusión en ilusión, de celda en celda.

Somos libres, de dejarnos llevar por la corriente, o de elegir ir en su contra. Cuando vamos remontando el rio, el esfuerzo se multiplica, pero cuando decidimos descenderlo, dejarlo que fluya libremente, decimos que elegimos que fluya, y escondemos que no elegimos el cauce.

No hay mayor libertad que la renuncia. Hace un tiempo escribí esto, y alguien lo aplaudió. Ahora, ya no puedo pensarlo libremente, porque cuando lo recuerdo aparece una voz en off aprobándolo. Volviendo a lo que iba, es así: no hay ningún merito en renunciar a lo que no se precisa, la renuncia que vale, la que libera, es aquella por la que dejamos de lado lo que nos es necesario.

Y estoy aquí, con ganas de renunciar. Pero sin saber a qué. Mientras tanto, ejercito mi libertad de elegir. No me despego de mi mismo, no me despego de mi consciencia, pero al menos me permito distraerme de la lógica, y cambiar de opinión a cada rato. Eso, que algunos llaman –con cierto desprecio- incoherencia, también es un grado de libertad, y a ese no renuncio.

jueves, 24 de mayo de 2012

El boxeador

Por fin llegó el día. Llevaba un par de años esperando mi oportunidad, al principio paciente, los últimos meses ya no. Don Cosme me venía reservando, entreteniéndome con promesas y postergaciones, amagues de que ahora sí, ahora no, mejor el mes que viene, mejor contra este otro. Y lo cierto es que algo de razón tenía.

Había visto, con mis propios ojos, como algunos de los muchachos del gimnasio lo intentaron, con distintas suertes, algunas mejores y otras tantas malas, la mayoría malas, salvo el flaco López. Ese sí que tenía pasta, y llegó a pelear por algún campeonato. López fue el único del gimnasio con el que tiraba guantes con respeto. Con el tiempo le aprendí las mañas, y eso le costó llevarse un par de piñas de recuerdo, bien calzadas. No te repitas, le decía siempre Don Cosme, y yo le hacía caso, y López no. La treta del flaco era buena, y costaba entenderla, me consta que muchos no terminaron nunca de darse cuenta de cómo el tipo te hipnotizaba moviendo los pies para acá y para allá; uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro; te tenía así unas cuantas vueltas combinando los cambios de paso con el vaivén de las manos hasta que te adormecía, y de pronto en el tres te sacaba una zurda recta al mentón, colada entre los guantes, y después el resto.

Siempre en las peleas hay una mano que cambia las cosas, y para López, esa era la zurda. Una vez que te puso esa primera, la pelea se hace distinta. Si te pasó ese golpe, es cuestión de tiempo que te entren los demás. Algún rival se le plantó de guapo, después de comerse la primera trompada, y así le fue; creo que era el entrerriano, el que salió desbocado a vengarse, y cometió el error de enfurecerse -nunca te enojes arriba del ring- era otro de los consejos de don Cosme que él sabía seguir, cuestión que el colorado este salió preso de ira y el flaco López lo conoció y le dio el dulce, le dejó pasar una mano que venía medio mansa al cuerpo, fingiéndose el sentido, y cuando el otro se vino al humo, se encontró otra vez la zurda, al mentón pero de abajo, y en el instante en que la cabeza del tipo terminaba de subir y aun no empezaba a bajar, congelada como la punta del látigo desenrollado, en ese preciso momento en que el entrerriano tenía el cuello completamente estirado y los ojos viendo las luces, llegó una derecha que parecía el aspa de un molino, lenta, pesada, maciza, en el medio de la oreja del pobre tipo que creo que se desmayó antes de llegar al piso.

Presta atención, siempre, me decía don Cosme. Daba pocos consejos, pero buenos.  No era de hablar mucho, algo taciturno, pocas veces lo veía sonreír. Creo que el tipo era feliz, pero no dejaba que se le note. Vivía en su gimnasio, donde al fondo tenía un departamento chiquito, sin nada más que lo necesario, una cama, una mesa, un par de sillas, una tele que casi no prendía y una radio, clavada en una AM con un poco de folclore y mucha charla, a la que pocas veces le vi prestarle atención. Creo que fue de tanto acostumbrarse a escuchar gente hablando sola o conversando de cosas que no parecían importarle que desarrolló su capacidad de estar callado, sin decir nada más que lo imprescindible, salvo las indicaciones de trabajo, un poco menos mínimas -Oscar, a la pera, Colorado hace soga, vos a la bolsa, ustedes al ring- que repartía en el Gimnasio Del Parque, su propio mundo en Villa Devoto, del que salía sólo cuando no podía evitarlo.

Me acuerdo de el Nari, un pibe con mucho gimnasio pero del otro, no de boxeador sino de patovica, mezcla de fierros y quien sabe que otras cosas, que llegó un otoño convencido de que golpear y boxear era lo mismo, y le apostaba su futuro al tamaño y la fuerza bruta. Don Cosme no lograba hacerlo entrar en razón, repitiéndole que por ese camino iba a durar pocas peleas, hasta que se cruzara con alguno que no se asuste y se mueva rápido; lo vas a ir a buscar y no lo vas a encontrarle advertía, y toda esa carne hinchada y dura no te va a permitir frenar lo prevenía, y cuando te pases de largo, te van a dormir, le anticipaba. El Nari había decidido no escucharlo, pero el viejo no se hizo cargo de su sordera y cada vez que podía le insistía paternalmente, al principio con esperanza de hacerlo entender a tiempo, y cuando se dio cuenta de que la letra no le iba a entrar sin sangre, lo siguió haciendo en el mismo tono pero con creciente resignación, como preparándose para no sentir culpa el día que le tuvo que decir yo te avisé.

Cada tanto se enojaba. El viejo, como le decíamos a escondidas, era paciente, de esa paciencia de la gente grande, que sabe que tarde o temprano el agua corre, que vio a varias estrellas encenderse y apagarse, y que aprendió que apurarse es peor que demorarse pero no siempre. Era raro que levante la voz, y excepcional que se enoje, y en general, cuanto más enojado estaba, menos levantaba la voz. Lo escuché un par de veces desde lejos discutir alguna cuestión de plata en su oficina, un cuartito de dos por tres con dos sillas, un escritorio bajo cuyo vidrio había algunas fotos en blanco y negro y recortes de revistas descoloridos y de diarios viejos amarillentos, casi ilegibles, de su época de joven. En una punta del mueble había una lámpara de dibujo, que desentonaba, y en un rincón un pequeño aparador en el que guardaba algunas carpetas y cuadernos en los que cada tanto anotaba cosas que no compartía con nadie. Lo vi enojado pocas veces, y realmente enojado, el día que Roque llegó borracho por última vez. Ya había pasado alguna vez antes, Roque se tentaba fácil, llegaba algo picado, haciéndose el distraído, hablando de lejos. Don Cosme lo pillaba al vuelo, y le decía medio en chiste “justo hoy, que te tocaba guantes” y lo subía con él. Nadie intentó nunca pegarle de verdad al viejo, y Roque tampoco, pero el viejo esos días se ponía un poco más duro, y le hablaba y le tiraba las manos, y las hacía llegar, y entre una y otra le decía “estás dando ventajas, y las ventajas se pagan”. Ese día, no sé si Roque ya sabía o intuía que iba a resultar su despedida del gimnasio y por eso lo hizo, o si el viejo se decidió durante o después de ese cruce de guantes, la cuestión es que Roque se le plantó arriba del ring, le hizo fuerza, de igual a igual, faltándole el respeto, en lo que fueron los últimos dos rounds de su vida. Cuando bajaron, el viejo era una mezcla de enojo y tristeza, le habló un rato casi de más, le deseó suerte, lo echó y le prohibió volver. Nunca más supe de él.

Las últimas tres semanas se me pasaron volando. Desde el día que don Cosme me dijo “Ahora sí, preparate” todo fue encajando como las piezas de un reloj. Hacía los mismos ejercicios de siempre, quizás un poco más concentrado que de costumbre, exigiéndome un poco más. Iba recordando los consejos recibidos, uno por uno, durante los cuatro años que llevaba con él. El día que lo conocí, de entrada me trató bien, diferencia que alguno de los muchachos me hizo notar después. Hizo algunos esfuerzos, en vano, por convencerme de retomar el colegio hasta que desistió, un poco desencantado. Me enseñó a comer variado, a incorporar verduras, a andar derecho. Me hizo cambiar el cuerpo y la postura, y si bien nunca fui flaco ni débil, los años de trabajo siguiendo sus órdenes me volvieron fibroso, ágil y flexible. Con él aprendí otras cosas, además de las del gimnasio, y de todo lo que soy hoy y de todo lo que por suerte no fui, lo que no se lo debo a mi vieja y a la calle, se lo debo a él.

Me llevó un par de años hasta que me subió por primera vez a un ring. Recuerdo esos días, una semana antes me miró y me preguntó en secreto, en voz baja, como no queriendo escucharse la voz al decir: “¿en serio querés?”. Un par de días después me dio otra oportunidad de desistir  y me dijo, como un padre, que casi lo era, “Si tenés dudas no subas; si tenés miedo, esto no es para vos”. Era una advertencia, uno más de sus consejos, pero yo no quise tomarlo así, y lo interpreté más como un pequeño desafío; después supe que todos pasaron en su momento por esa ceremonia privada, y también de alguno que eligió no subirse,  no sé si por conocer el miedo desde abajo o por que. Don Cosme sabía que si esa pregunta la hacía en público nos exponía, a quedar como cobardes o a aceptar sin convicción, por eso de todos los consejos que nos daba, que eran básicamente los mismos, ese último lo hacía siempre a solas, y nunca escuché de su voz si alguno de los que se fueron del gimnasio sin pelear lo hizo antes o después de esa pregunta.

Lo cierto es que tuve varias peleas amateur. Corría algo de plata ahí. Se cobraba una entrada, para disimular, pero la plata estaba en las apuestas. Solía venir gente de afuera. Las peleas eran cortas, tres rounds o cuatro a lo sumo, y era knock-out, abandono o empate, si los dos llegábamos al final de la pelea. Sé, mejor dicho creo saber, que no todos mis contrarios salieron decididos a ganarme, y se comentaba cada tanto que en el gimnasio siempre había alguien dispuesto a ir a menos por plata; incluso escuché la confesión de uno que dijo haber perdido su pelea a propósito, cosa que hubiera preferido no saber ni creer, pero di por cierta, por lo que nunca hablé al respecto con don Cosme. Sé que a mí nunca me pidió perder, lo más lejos que llegó en ese sentido fue pedirme que deje pasar el primero o el segundo round, que dejara durar al rival de turno.

Nunca tuve miedo en esas peleas, pero sí lo conocí. Lo vi de cerca, en los ojos de alguno de los que me crucé. Con el tiempo, aprendí a darme cuenta de quien siente temor y quien no, no sé explicar cómo, pero hay algo en el aire que se huele, no sé si es la forma de transpirar, la manera de sostener la mirada, o la falta de convicción para tirar las manos cuando los invitaba al cruce.

Gracias Cosme, por los consejos. Tuve la sensación, en más de una de estas peleas, que elegir el gimnasio del viejo fue la mejor decisión. Si tenés miedo, esto no es para vos, yo sé que a mí me lo dijo, y creo que a más de uno de los que enfrenté no se lo dijeron, por que los vi ahí, con miedo, pasándola mal. Alguno fue patético, estaba arriba y se le notaba que no tenía ganas, que lo único que quería era estar en otro lado, que sólo quería que todo se termine. El tipo era una invitación a pegarle, estaba regalado, le dolían hasta los amagues. Dejalo durar hasta el segundo, me había dicho Cosme, y así lo hice. Se notaba un poco que lo estaba perdonando, por que el pibe no devolvía nada de lo que le tiraba. Estudialo, estudialo, me decía Cosme, que era la manera de decir amagale pero no le pegues, quien sabe que billete dependía de eso.

Llegó la campana, venís bien, me dijo el viejo, un poco de agua, una toalla por costumbre, para secarme lo poco que había transpirado, que casi ni falta hacia, otra campana, es tuyo ahora fue la señal. Salimos al centro de nuevo, el pibe este con la guardia un poco más alta, como si se hubiera acordado de que veníamos a pelear, pero sólo como si se hubiera acordado, o como si hubiera oído al viejo dándome la venia. Le crucé un par de manos, las primeras a los brazos, las segundas al cuerpo, como para ir domándolo, esfuerzo innecesario. Yo lo miraba, como siempre me decía don Cosme: las manos y los ojos, los pies y los ojos, las manos y los ojos, los pies y los ojos, nunca dejes de saber adónde tiene la vista puesta el rival, si te mira los pies mové las manos, si te mira las manos mové los pies. En eso estaba, y el pibe sólo miraba los ojos, mis ojos, me miraba, me miraba fijo, y no veía ni sabía lo que hacía con mis manos y mis pies, estaba pálido, sesenta y cuatro kilos de terror envueltos en piel. Le vi la cara, después de la primera mano a la cabeza, le vi en los ojos saltones el pedido de que termine todo cuanto antes, me miraba, bajaba la vista y cerraba los ojos, una vez, dos veces, a la tercera vez que lo hizo entendí el pedido, casi una súplica, y le tire un gancho que hasta me pareció que abrió los brazos para dejarlo pasar, un derechazo terrible al cuerpo que lo sacudió, un par de cachetazos más y todo terminó.

Me costó dormir la última noche. Estaba algo excitado, algo ansioso. A los pocos días de fijar la fecha del debut, don Cosme me confirmó que pelearía contra el cuervo Cuevas, quien supo ser el crédito de Santos Lugares hace una punta de años; un par de días después medio se desdijo y me comentó que era probable que mi primer rival profesional fuera un pibe joven, del Almagro Boxing Club, debutante también, porque el cuervo había decidido mantener los guantes colgados respetando el juramento que había hecho público la última vez que peleó y perdió y no quería saber más nada con el boxeo, lo que era más que razonable ya que sólo algunos, entre los que yo casi no estaba, recordaban su pasado de gloria y muchos teníamos presentes varias palizas recientes, especialmente la última, en la que casi pierde la mitad de la
, que le dejó de recuerdo una cicatriz fea, arriba del ojo derecho, un corte hecho sobre la cicatriz de uno o varios cortes anteriores, una cresta horrible que le hubiera justificado un mote si no se hubiera ganado el suyo antes, debido no se sabe en qué proporción a su incierta fama de comedor de carroña y a la cacofonía del apellido.

El cuervo había sido un buen boxeador del montón, un trabajador del ring, un tipo que perdió rápido el tren de los campeones y en vez de dedicarse a otra cosa cuando aún estaba a tiempo, decidió seguir subiéndose a pelear por unos mangos, cada vez menos, cada vez más seguido, dispuesto a sacarle el jugo a su cuerpo hasta donde pudiera, a pesar de lo cual apenas había logrado ahorrar un poco de plata, siempre insuficiente para arrancar el bar al paso con el que fantaseaba, empresa que con el resto de luces que le quedaba estaba condenada a la quiebra. Había puesto un par de veces una verdulería en sociedad, pero entre la dificultad para las cuentas y el no saber comprar y el no saber vender, ni siquiera pudo dudar de si era cierto que sus socios de ocasión tampoco alcanzaron a rescatar la inversión cuando las cerraron. Así era la vida del cuervo, un tipo predestinado al ocaso, a morir de pobre sin alcanzar un sueño y mientras tanto vivir del recuerdo de lo que pudo haber sido pero no fue, y en ese trance, unos billetes más en la bolsa lo volvieron a convencer de hacer una pelea más, la última, esta vez sí la última de verdad, contra el pibe nuevo de don Cosme, Omar Becerra, que de tan nuevo ni siquiera apodo tenía.

Se me hizo entrada la noche, pensando en la pelea, repasando como había llegado hasta aquí. Había desoído varias opiniones en contra de mi elección. Nunca quise escuchar a quienes me recomendaban algún oficio, convencido de mi futuro y de mis razones. Desde chico, los años que pasé en la escuela me dejaron entre poco y nada, salvo alguna fama de bravo, merecida. No era de los altos ni de los fuertes, pero me gané el respeto de todos, a fuerza de arreglar asuntos en las esquinas. No era pendenciero ni de ir a buscar, pero me dejaba encontrar, o quizás no sabía esconderme. Muchas veces la cosa empezaba en el barrio, durante algún partido de futbol en el potrero frente a las vías, donde nunca falta el gracioso oportunista que disimulando la mala intención se pasa de listo con la pierna, y si me la ponés fuerte a mí, te la devuelvo apenas pueda, y si sos porfiado e insistís, bueno, que esperabas, no vamos a seguir cruzándonos las tibias durante todo el partido si con las manos, que también tenemos, lo arreglamos enseguida.

Mi vieja no quería que pelee, nunca quiso saber nada. Mi viejo, no lo pude saber, pero creo que sí le hubiera gustado, recuerdo que le gustaba mirar boxeo. Con el veíamos a Monzón primero y a Galíndez después, una de las pocas cosas que hacíamos juntos, hasta el día del accidente que me dejó huérfano. Quedamos solos los dos, y cuando la tele se quemó, ya no tuvimos otra. Por radio no se puede seguir una pelea, así que veía las que podía ver, cuando la suerte me encontraba frente a un televisor. Poco después, aprendí a colarme en los clubes y las miraba en vivo, perdido entre la gente, seguía las peleas y las apuestas, fascinado por ese ambiente, en el que conocí a Don Cosme una tarde noche de verano y me adoptó.

El sábado, ese sábado tan esperado, amanecí temprano, pero no tanto como imaginaba. Di un par de vueltas en la cama, y me levanté sin apuro. A media mañana ya estaba bien desayunado, con un par de mates menos y un par de tostadas más que otros días. Hice algo de tiempo, acompañe a la vieja a hacer las compras, compartimos al mediodía unos fideos con aceite y queso -le prometí que a la noche sí le aceptaría el tuco que me había estado preparando- le di un beso largo en la frente y me fui al gimnasio, a esperar mi tarde ahí.

El tiempo se me hizo largo. Quise ayudar en los preparativos, pero a la segunda silla que acomodé el viejo me chistó, me dijo “hoy no Omar”, y me mandó al vestuario con una seña. Estuve un rato tirado en la camilla, mirando el techo, tratando de poner la mente en blanco. Al rato me cambié, me puse la ropa de fajina y comencé a moverme despacio, despacito, como para mantener apenas tibios los músculos. Caminando por ahí, de una pared a la otra, alternando con los nudillos de cual mano le pegaba a la palma de la otra, estirando los brazos, un saltito o dos, rotando la cabeza. Finalmente se hicieron las cinco, entró Don Cosme por última vez, con un masajista y alguien más, me dieron la ropa, toda nueva, y me dijo que estuviera preparado, que si bien entraba en la segunda pelea, la primera podía ser corta.

Me sorprendí al escuchar mi nombre por los parlantes, como si estuvieran hablando de otra persona. Desanduve el trayecto del vestuario al ring, un camino que conocía de memoria y podría haber hecho con los ojos cerrados, sin explicarme porque me resultaba menos familiar que todas las veces anteriores, mirando de reojo a ambos costados. Me costaba entender lo que la gente hablaba entre sí o me decía al pasar. Vi algunas caras conocidas, compañeros y desertores del gimnasio, reconocí también a varios habitúes de las apuestas, entre otros que nunca antes había visto. A pesar de que me dijo que no iba a venir, busqué a mi vieja entre las pocas mujeres presentes, confiando en que pudiera haber cambiado de opinión, pero no la encontré; después en casa me dijo que llegó hasta la puerta, pero que los nervios no la dejaron entrar. Don Cosme me esperaba en el rincón, como tantas otras veces, aunque lo noté más serio que de costumbre, acompañando la ocasión.

Subí al ring. Arriba había un montón de gente. El árbitro, el cuervo Cuevas en el rincón de la visita con su gente, Don Cosme y un ayudante, alguien sacando fotos como si las fuera a publicar o vender, y un par de personas desconocidas de corbata, prenda pocas veces vista en el lugar, que no sé qué hacían ahí ni a quien buscaban mirando por entre las sogas. De a poco se fueron bajando todos, cada vez se hacía más fuerte el murmullo que venía desde el público y más silencioso el cuadrilátero, hasta que quedamos sólo los tres que debíamos quedar, y el árbitro nos llamó al centro para el choque de guantes y las recomendaciones de siempre.

Había visto varias veces al cuervo, lo había visto ganar peleas seguido hasta hace unos años y lo había visto perder últimamente, pero nunca lo había visto tan de cerca, cara a cara, a un brazo de distancia. Era difícil adivinarle la edad si no te daban pistas, por el aspecto le dabas un siglo, pero no tenia cuarenta años aun. Más que viejo, estaba gastado, a fuerza de golpes, malos tragos y penurias. En su juventud tuvo un cuerpo elástico e importante, pero hace un tiempo se le había empezado a notar la falta de constancia en el ejercicio, y como se mantenía delgado, la piel ya era casi un talle más grande que los músculos. Tenía la cara curtida de guantes, la nariz aplastada, bien ancha, casi chata, algún corte en el pómulo, quizás dos. Lo primero que le había visto fue la cicatriz deforme del ojo derecho, pero quizás por un poco de pudor, fue lo último que me puse a mirar. No es tan antiguo el ultimo corte pensé, y me dije a mí mismo que podría ser una manera fácil de sacarlo de combate acertarle un par de golpes ahí y volverle a abrir la cicatriz, que estaba fresca, mientras recordaba las últimas palabras de Don Cosme antes de dejarme solo en el ring: dejalo durar hasta que te avise, él ya está hablado.

Me corrió un escalofrió por la espalda cuando le dieron el primer golpe de martillo a la campana, iniciando la pelea. Haciéndole caso a Don Cosme –el que está en el centro manda- llegué a ese lugar antes que el cuervo, que parecía venir de paseo, como si no tuviera ningún apuro ni supiera por que estábamos ahí.

Nos pasamos los dos primeros rounds aburriendo a la gente en las tribunas. El cuervo evitaba los cruces, yo lo buscaba y el tipo se corría para el costado, todo el tiempo, me esquivaba haciéndome dar vueltas y más vueltas, impidiéndome quedar frente a frente. Si lo hubiera hecho a paso rápido, me hubiera terminado mareando, pero todo se hacía al ritmo que proponía él, despacio, tranquilo, como en cámara lenta. Cada tanto, sacaba una mano o dos, sin mucha convicción, como para mostrarme que las había traído. Pensé para mis adentros, si esto sigue así, va a ser empate.

Acelera un poco, me dijo el viejo antes de salir al tercero. El cuervo seguía eludiéndome, dando vueltas alrededor mío y negándose a cambiar golpes. Cuando me di cuenta de cuál era su juego, ya casi se me habían escurrido los tres minutos de la vuelta: caminar, caminar, a la mitad del round te tiro una o dos manos, y al final te tiro un par más, y así haciendo nada seguimos durando. Oí la campana llamándonos a las esquinas y volví al rincón un poco frustrado.

Lo primero que escuche al sentarme en el banco sonó a reto: no aceleraste. Asentí con la cabeza, me justifique con un “se me escapa”, tranquilo, hay tiempo, me dijo Don Cosme y me indicó que le regale al cuervo el centro del ring, y lo persiga para donde vaya, si no se queda ahí. Con esas ideas, salí al cuarto asalto, decidido a apurar.

El cuervo parecía no entender la propuesta, y por un momento el puesto de mando quedó vacío. Lo miré y le aclaré la invitación, bajando los brazos y mostrándole la palma de los guantes. Con el tipo ahí, en el medio, todo parecía más fácil. Estaba claro que cuidaba el aire, y que no pensaba llevar el gasto de la pelea, así que esa parte me tocaría a mí. Lo miraba siempre, como sabía, las manos y los ojos, las piernas y los ojos, lo estudiaba todo el tiempo, y cuando entendí como se movía, esperé el momento en que dejaba de ir para un lado y arrancaba para el otro, y ataqué.

Le tiré una mano, seria. A propósito, se la tiré un poco lenta. Hubo un instante en que pensé que llegaba a tocarlo, porque el tipo tardó en reaccionar y sacar la defensa. A último momento la barrió, pero quedó muy cerca. Se mueve rápido, pero reacciona lento. Estás avisado cuervo, me dije. Seguí dando vueltas alrededor de él, girando para un lado y para el otro, estudiándolo, y el tipo dale que dale, con el mismo juego de piernas. Al rato le tiré de vuelta la misma mano, del mismo modo, el mismo chiste pero con más ganas y un poco más rápido. Esta vez también llegó a sacarla, cuando ya la tenía pegada al mentón; por un momento fugaz me pareció que se había movido más velozmente que la vez anterior, pero no, lo que hizo fue sacar un poco antes la derecha con que me barrió la mano. Se ve que tiene memoria, y reconoció el brazo. Mejor así. Mejor que pienses que no sé otra cosa.

Bien, bien así, me recibió Don Cosme en el rincón. Cambiale el juego, y no te distraigas. No supe por que me dijo eso. Volví a regalarle el lugar, vos quedate en el centro, que yo te busco y te encuentro. En cuanto pude amagué reiterarle la mano, pero no dio señal de haber visto el movimiento, y eso me decidió; deje pasar una chance y a la siguiente oportunidad le repetí la mano una vez más, y apenas la sacó le tiré la otra y le llegué. ¡Entraste!.  ¿Qué pensabas, cuervo?. El tipo acusó recibo. Dio un paso para atrás, me miró fijo, y giró un poco la cabeza como para dejarme bien de frente el ojo derecho. Movió la mano derecha, como apuntando a la cicatriz. No sé si quería mostrarme su historia o me invitaba desafiante a pegarle ahí.

Seguimos la vuelta, mirando manos y ojos, pies y ojos, girando, siempre girando, para un lado, para el otro. Empecé a buscarle el ojo, sin suerte. Se dio cuenta, y empezó a mostrarlo más. Perfilaba la cabeza para el otro costado, dejándolo a la vista, haciendo alarde, como el torero que muestra la capa roja. Empecé a mirarle más el ojo, tratando de contarle los puntos de la última costura, que estaban un poco rojos aun. Un punto, dos, los pies y las manos, un punto,  dos, tres, los pies y las manos, un punto, dos, tres, cuatro.

No llegue a contarle todos los puntos, cuando descubrí el descuido. Aguanté bien el zurdazo,  pero quedé algo sentido. Di un par de pasos para atrás, y me fui escabullendo, recomponiéndome. Por suerte sonó enseguida la campana y volví a refugiarme en el rincón.

Don Cosme me recibió en silencio. Me miró fijo, me mojó la cabeza, me cacheteó, y cuando vio que estaba entero me habló: cuidate, no te distraigas, fue lo primero que me dijo. Me repitió algún consejo más, que no sé si escuché, porque en ese momento me puse a recordar todas sus recomendaciones anteriores, y en ese mínimo minuto de tregua, no pude distinguir cual era su voz y cual el eco de las enseñanzas recibidas en los cuatro años anteriores.

Sonó la campana llamando al sexto round. Volví a salir, pero en realidad, el que volvió fue mi cuerpo. Yo me quedé en otro lado, como ausente, mirando algo descreído mi propia pelea. Si es cierto lo que dicen, que hay por lo menos un momento en que la vida te pone a prueba, yo estaba en el primero de los que me correspondían. Abajo del ring nadie notaba lo que estaba pasando arriba, sólo yo lo sabía, por un momento lo supe sólo yo, hasta que volví a mirar al cuervo a los ojos y vi que me vio y me di cuenta de que él también sabía, y lo demás sólo fue cuestión de tiempo.

Recordé el último consejo del viejo antes del día de mi primera pelea, y descubrí una vez más que tenía razón. Aun estaba a tiempo de ganar y de perder, y seguí peleando bien, pero algo desinteresado del resultado. El cuervo me mostraba la cicatriz, desde lejos, me la dejaba mirar como queriendo decirme algo, que no entendía. No me tiraba golpes, pero tampoco se dejaba encontrar. Se alejaba un poco, mostraba la cresta, me miraba, bajaba un tanto la cabeza y cerraba los ojos; después acortaba distancias, me miraba un segundo de cerca y se volvía a alejar, a mostrarme la cresta y mirarme y bajar la cabeza y cerrar los ojos, una vez, y otra vez, y otra más, hasta que recibí el mensaje.

Cuando me desperté, la pelea había terminado. Escuché la voz suave de alguien preguntar con algo más que curiosidad ¿el pibe está bien?, cuando repitió la pregunta supe que esa voz que no conocía era la del cuervo, que se mostraba preocupado por mí. Don Cosme me preguntó mi nombre y alguna cosa más, como para ver si el que tenía los ojos abiertos era yo o seguía ausente, y cuando supo que sí, me gatilló el reproche, insistente, como con eco: ¿no la viste venir?, ¿cómo no la viste venir?, ¿en serio no la viste venir?.

Días después, dejé el gimnasio, y un par de meses más tarde, me hice amigo del cuervo. Aun hoy nos divertimos recordando a la gente comentar su retiro con gloria, durmiendo al pibe Becerra como en sus buenas viejas épocas, con una mano que nadie pudo nunca entender como me la comí en seco; y al igual que como pasa en las fabulas de los pescadores, cuanto más tiempo pasa es más la gente que estuvo ahí para ver la pelea y cada vez que alguien la cuenta la mano es más terrible.

Con el tiempo, nos fuimos confesando, y entre charla y charla y vino y vino, aclaramos las cosas. Un día en confianza me blanqueó que se había apostado sus últimos mangos a sí mismo, como para retirarse con tres miserias en vez de una. Por mi parte, yo le reconocí que con su primera mano conocí la duda, o quizás la recordé, y entendí por que el viejo me decía que si tenía miedo, esto no era para mí;  y le agradecí también que me enseñara la cicatriz, y me evitara la tentación de repetir su camino, de apostar veinte años a ver si llego vivo al retiro, y si dejé de seguir pobre para esa fecha; y ahora somos dos los que sabemos que es cierto, que es completamente cierto que la segunda mano no la vi venir, porque después de entender todo y de abrir un poco la guardia, miré al cuervo por última vez en la pelea y le cerré los ojos.

domingo, 20 de mayo de 2012

Gracias

Gracias por el paréntesis,
la fugaz tregua,
el armisticio,
ese breve respiro de las armas,
de las almas.

Gracias por la ilusión,
la fantasía de lo imposible,
la mentira hecha cuerpos y sudor
y breves órdenes sobre las sabanas.

Recobro fuerzas así,
me yergo altivo,
entiendo y comprendo todo,
la propiedad del precipicio,
al que camino.

viernes, 18 de mayo de 2012

El fin del mundo

Decía hace un tiempo que, en la eternidad del tiempo, todas las profecías son apuestas seguras a futuro, por lo que la advertencia de que el mundo tiene fin, no por vistosa o grandilocuente, deja de ser absolutamente irrelevante.

Claro, los mayas dijeron que sería en 2012. Bueno, en realidad, alguien dice que los mayas dijeron, y para ser más estricto en la semántica, oí y creo que vi –no digo ni miré ni escuché- noticias de relleno y comentarios tan prescindibles como la misma televisión; entre todo eso, alguien aportó alguna reflexión sobre la finitud de las cosas que justificó su lectura, mérito que mi voz no precisa pero espero que comparta.

¿Cuál es el 2012?. Ah, que pregunta. Si existieran los mayas, podríamos preguntarles que quisieron decir. Quizás nos corrigieran, quizás nos enseñaran, quizás le echarían la culpa de todo el entuerto a un grupo de vanguardia al que se le dio de abusar por algo prohibido, o a  alguno que tomó algo de más, o a algún pasquín de la época que inventó todo, como nos hicieron después con el informe Roswell, el monstruo del lago Loch Ness, el filipino embarazado, y tantas otras promesas.

El concepto de 2012 es muy relativo. ¿2012 para los cristianos, o para los judíos, o para los musulmanes?. ¿Contado desde cuándo?. ¿Y esos 2012 años, son convertibles 1 a 1 como el peso y el dólar –otra fábula que nos hicieron creer- o hay que sacar la tabla de logaritmos y la calculadora trigonométrica.

No tengo el dato preciso de cuando cae el 2012 de los mayas. Sé cómo obtenerlo, pero no tengo ganas, así que le dejo la inquietud a algún curioso o a algún ex estudiante que haya aprovechado mejor que yo los años de colegio. El dichoso año, mejor dicho no el dichoso sino el desdichado año, ocurrió algún tiempo después del año 1492, este ultimo si contado desde nuestra visión occidental y cristiana. 2012, y se acabaron los mayas, y fue el fin del mundo para ellos.

-.-

Mucho antes de ahora, cuando fui adolescente, me enfrenté varias veces al fin del mundo, en forma de novela, en forma de guerra. Por si la pista no apunta, aclaro, encaré varias veces la lectura de “La guerra del fin del mundo”, de Mario Vargas Llosa. Debo haber leído media docena de veces el primer capítulo, pero no tenía aun el aplomo y el consejo de los años, y sucumbía en manos de la impaciencia y el descrédito en algún momento del intento.

No debiera cantar victoria, pero llevo ya un mes o mas de perseverancia, y llegué anoche a la página 400 de las más de 600 que tiene esta edición, que salió a la venta acompañando al diario La Nación hace poco tiempo y que hace menos tiempo aun, de casualidad, encontré a la venta en una librería escolar a la cual caí poco después del inicio de clases, en busca de los consabidos libros de colegio de reposición anual (tema para otro día, la hijaputez y no solo comercial de generar libros descartables, libros que no se leen sino se usan, y una vez usados ya no sirven, el absurdo de un libro).

Un libro hermoso. Denso, espeso en su redacción, de párrafos largos, historias paralelas, un entramado en el que durante muchas páginas no logré hacer pie, pero continué leyendo con la confianza ciega de entender, en algún momento y no me importa de qué manera, de que venía la cosa, lo que por suerte sucedió. Situado en Brasil, en el norte, a fines del siglo XIX, con algún parentesco en su forma con los 100 años de Garcia Márquez. Lectura recomendada.

Cerrando el punto, en 2012, el año del fin del mundo, de casualidad me encuentro con este libro, la guerra del fin del mundo. No deja de ser una coincidencia casual. Compré el libro solo para reintentar vencerlo, rememorando aquellas frustraciones, sin pensar –o sin tomar consciencia- de la causalidad latente.

-.-

Viendo la evolución de algunas situaciones personales, comencé hace poco a hacer algunos chistes sobre el fin del mundo, y lo seria que se había puesto mi vida en demostrarme la vigencia del asevero, e iba por ahí repitiendo una frase así como “si el 2012 es el año del fin del mundo, conmigo empezó con el pie derecho”.

Comencé enero con una situación premonitoria. No me sorprendió el hecho - me llegó el despido- pero sí que se adelante un par de meses a mi previsión. La noticia en si es abstracta, no fue ni buena ni mala, ni la tomo con la capa de barniz de y-ahora-que-voy-a-hacer a-mi-edad-con-lo-dificil-que-es-conseguir-trabajo-y-encima-con-cuatro-chicos. Tampoco hay nada que pueda hacer para cambiar los hechos, y vino con un cheque interesante.

Estaba un poco hastiado de la compañía, disconforme con algunas cosas, recibiendo un trato que no me parecía el que ameritaba, con una relación desgastada a base de irnos conociendo las mañas y los defectos. Confortablemente adormecido, cantaría Pink Floyd. No estaba satisfecho, quizás conforme, mejor dicho acostumbrado, con una alegría cada tanto, y cada otro tanto un escape.

Más inesperado aun, en febrero el corazón de mi suegro dijo basta, sin ningún preaviso. La noticia te choca, la realidad te pega un tortazo en la cara, una patada en los testículos, una piña en la boca del estomago, y te deja dolorido, sin aire y sin reacción, y te das cuenta de golpe de que la muerte es otra profecía de la que no te vas a escapar. El 2012 de mi suegro cayó en 2012. Llevo meses planteándome a mí mismo la angustiosa certeza de la muerte. Como escuché en Belleza Americana, todos los días empieza el resto de tu vida, menos el día que vas a morir. Ese día es el del fin del mundo. Y si no, si no lo entendés aun, preguntale a tus ausentes, y hacete cargo.

Apenas digerida la noticia, la decisión. Cuando aun me debato entre lo que quiero y lo que no, cuando aun no termino de convencerme de poner el ser delante del parecer y poner el deseo delante del quiero, me dan noticia del próximo despido. Me resisto, hago mis duelos, proceso, digiero, consiento, acepto.

Estábamos un poco hastiados de la compañía, disconformes con algunas cosas, recibiendo un trato que no nos parecía el que ameritábamos, con una relación desgastada a base de irnos conociendo las mañas y los defectos. Confortablemente adormecidos, cantaría Pink Floyd. No estábamos satisfechos, quizás conformes, mejor dicho acostumbrados, con una alegría cada tanto, y cada otro tanto un escape.

-.-

Decir que el fin del mundo puede ser cualquier día de estos, es otra manera de decir que todos los días es 2012. Y entrando el año, veo que la vida, tal como la supe conocer, se está acabando.

Y estoy así, alistándome para mi fin del mundo personal, sin poder saber hoy, cuando el fénix renazca y yo termine de reencarnarme, ni de que voy a trabajar, ni bajo que techo voy a vivir, ni a quien dedicaré mi amor, ni a quien entregaré mi cuerpo.

No está mal para llamarlo el fin del mundo. Si no lo es, es un simulacro importante.

viernes, 4 de mayo de 2012

Huellas

Huellas,
testimonios de ayeres ajenos,
o nuestros,
que ya no nos son propios.

Nada del pasado nos pertenece,
ni lo que creamos,
ni lo que creímos,
todo son marcas en la arena,
caprichos del agua y del viento. 

Huellas,
recuerdos fugaces,
moribundos.

viernes, 27 de abril de 2012

¿Escribir?

Hace algunos años, en un colectivo por entonces fresco, llamado CQC, comandado por Mario Pergolini, alguien se descolgaba cada tanto con un ¡que buena pregunta!.

Algunos escriben porque no tienen más remedio que hacerlo, otros para alardear de su destreza técnica, otros para ganar dinero. He visto casos de gente que escribe algunas cosas y/o de algunas maneras que, quiero pensar, deben tener alguna justificación, aunque a mí se me escape. Para todos hay lugar debajo del sol.

¿Por qué escribir? y ¿Para qué escribir? son dos preguntas distintas, que generan una tercer pregunta, compartida, ¿Sobre qué escribir? y a la hora de la verdad, ante el papel, confluyen en un punto común, tienen una pregunta en común: ¿Que escribir?, que genera en el cuerpo, ante la hoja en blanco, el escozor del encuentro con lo desconocido, cita a la que concurrimos con la ilusión de haber previsto algo más que el saludo, y comparo esta imagen con la llegada a una fiesta de la que solo sabemos la dirección y el nombre de la persona que nos invitó, o por qué no, con un encuentro íntimo a puertas cerradas con alguien a quien conocimos esa misma noche.

¿Que escribo?. No sé, voy tirando palabras, algunas al teclado y otras al descarte, y van saliendo ideas, en algunos casos sorprendentes. Al iniciar esta entrada, ni sospechaba de la última comparación. Fluye, algo fluye y va cayendo, sin un propósito previo, sin un contexto evidente, y cada tanto repaso a ver de dónde vengo y a donde voy, y hablo de las letras, y hablo de la vida también, donde la ilusión de haber previsto algo más se empeña en desvanecerse.

Escribo porque si, porque me gusta. Es, a priori, algo completamente innecesario, aunque no me gusta esa palabra, me suena mejor superfluo, tomándolo mas como algo opcional, algo que si quiero si y si no quiero no, algo a lo que nadie me obliga, algo que nadie puede exigirme. Hay, en este acto de escribir, una manifestación plena de mi libertad: escribo lo que quiero, porque quiero, como quiero, cuando quiero. (Bueno, me entusiasme, en realidad cuando quiero es cuando quiero y puedo, pero lo demás es así como lo dije). La cuestión de si es necesario lo que escribo es casi indiscutible. No es necesario. ¿Quien necesita lo que no conoce?. Quizás leas esto y encuentres una respuesta a alguna pregunta, quizás leas esto y encuentres algo que hacer durante el tiempo que le dedicás, digo, podes leer esto y suplir alguna carencia que tengas pero eso no convierte en necesario lo que escribo, sino en útil a tu necesidad. Puede ser que otro día quieras y/o desees volver sobre estas letras, y recién ahí, por excepción, podemos revisar este punto. .O que me convierta en pastor evangélico o sacerdote o gurú o en apóstol, y alguien precise mi palabra, pero eso tampoco es necesidad, sino marketing.

¿Para qué escribo? tiene en apariencia muchas respuestas distintas, pero creo que confluyen en una. Escribo para limpiarme. Es una especie de autoexorcismo, un ritual, por el cual expulso de mi mismo mis temores, mis demonios. Me sumerjo en mi oscuridad, me indago, hablo con los espejos, me escucho. Recuerdo un texto en especial, Desiderata, un verso ahora: Muchos temores nacen con la fatiga y la soledad, y al escribir dejo de estar solo, porque lo que lo que logro es un intercambio epistolar conmigo mismo, en términos psicoanalíticos quizás sea correcto decir que pongo en contacto a mi yo con mi súper-yo, pero lo cierto es que al darle existencia real a los fantasmas, puedo valorarlos en su justa medida, puedo desvestirlos, puedo amigarme con ellos y también puedo matarlos a voluntad.

Y sobre que escribo, es lo que menos me importa. Hay, en el acto de escribir, subyacentes, un conjunto de intenciones. Hay un afán de exhibir, de mostrar. Quien escribe sobre sí mismo, sobre sus vivencias, sus estados, sus emociones, se está paseando por un escaparate virtual. Quien escribe sobre sus ideas políticas busca difundirlas, quien escribe sobre sus gustos en la cama buscará partenaires, quien escribe chistes buscará sonrisas. Hay una búsqueda de reconocimiento, no necesariamente aplauso, pero sí de que el otro tome conciencia de que estamos aquí, igual que él, buscando afinidades. Por alguna razón, los ebrios quieren estar con los ebrios, los drogones con los drogones, los feligreses con los feligreses, y para no ser menos, los que disfrutamos, vivimos, entendemos esto, nos reunimos aquí.

miércoles, 25 de abril de 2012

Maquina de Narrar

Llevo un tiempo por estos lugares, con un nivel de dedicacion variable. Primero me puse a leer, con urgencia, luego me largue a escribir, luego me dedique a acumular blogs en mi lista de lectura, y finalmente, la situacion me desbordo.

No tengo tiempo de recorrer mi lista de lectura. En algun caso, me apure en declararme seguidor, y debiera sincerar y retirarme, en otro caso se me hace reiterativa la experiencia y pierdo interes, pero basicamente, lo que escasea es el tiempo.

Cuando hay una carencia acumulada, la disponibilidad nos hace precipitar, y nos tiramos de cabeza, sobre lo que sea, se me ocurre graficar con comida y carne, pero en este caso hablamos de escribir y de leer, luego el rio recuerda su cauce y la cosa tiende a normalizarse. Ya no leo a diario, ya no escribo a diario, sino cada tanto, porque algo me provoca o solo por el ejercicio. Quizas lo que preciso no lo estoy encontrando en este espacio. ¿Quien sabe?.

Como lo unico que parece ser irreversible es la muerte, elijo mantener mi blog abierto, aunque no tenga nada para decir, o no diga nada. No es que "me deba a mi publico" pero me gusta saber que alguien por ahi pueda complacerse en mi lectura, y sería algo perverso cerrarlo solo porque no tengo nada que agregar.

Y de repente, aparece un blog nuevo a la vista, y leo das un vistazo, es un blog joven, interesante. Me gusta leer cosas de las que pienso "esto podria haberlo dicho yo" o "esto parece dicho por mi", en un caso sintonizo el concepto y en el otro el continente, y de esto queria hablar. Tiene poca audiencia hoy, menos de la que creo que merece, y un poco por compartir la alegría del hallazgo y otro poco por aumentar las posibilidades de supervivencia evitando el desanimo de su creador -un poco de generosidad y un poco de egoismo- vengo hasta aqui solo para recomendarlo.

http://maquinadenarrar.blogspot.com.ar/

Aun no tiene un mes, por lo que están a tiempo de leerlo entero. Que lo disfruten.


martes, 24 de abril de 2012

Vaclav Havel


Vaclav Havel hizo demasiadas cosas como para intentar aquí una biografía o un resumen. Hombre integro, trabajador de la cultura, defensor de la libertad, de la vida y del individuo, podría compartir un podio imaginario con Nelson Mandela y Ernesto Sábato, y si no se conocieron e hicieron amigos habrá sido por falta de coincidencia en el tiempo y el espacio y no por falta de valores comunes.

Hoy  encontré en la recepción de mi último empleo, donde fui por unos trámites personales pendientes, un suplemento periodístico cuya nota de tapa era él. Como siempre, vuelvo a conjugar el verbo casualidad. Si hubiera ido ayer, quizás no hubiera estado ahí, si antes de mi hubiera pasado otro con el mismo interés que yo y la misma capacidad de apreciar su valor y rescatarlo de su destino de desperdicio, tampoco lo hubiera encontrado, y para peor, si no hubiera ido hoy quizás se hubiera convertido en papel descartado sin ser leído, recuperado de la basura por alguno de aquellos tantos para quienes el discurso presidencial de la redistribución de la riqueza y el coeficiente de Gini son entes aun más absurdos que los números complejos.

Supe tener en la escuela primaria, en 4° y en 6° grado, una maestra fuera de norma: Radojka Pleticosic de Vanti, una mujer checoeslovaca, cálida, inteligente, capaz de lidiar conmigo, que no era un alumno sencillo. Sabía cómo contenerme, supo cómo educarme. No es para cualquiera la bota de potro, pero ella supo calzarlas. Para hacer notar el contraste, tuve tres suspensiones escolares en 5° grado y una en 7°. Cuando mi desinterés en la clase se hacía evidente, lo que ocurría al poco tiempo de entender, lo que dicen que ocurría en mi caso demasiado pronto, me ponía a mirar diapositivas de distintos lugares -turísticos todos o en su gran mayoría- contra una de las ventanas del salón.

Era una persona excepcional, docente por vocación. Estaba al frente de un grado tan solo por su interés en hacerlo. Supe después que su marido era alguien importante en Bunge & Born, lo que explica la posibilidad del día que una vez por año pasábamos en el club de esta empresa, donde comienza Vicente Lopez por el bajo -hoy Carrefour-, y justifica la cantidad de viajes por el mundo que ella dio y yo pude recrear a través de celuloides de 35mm enmarcados.

Allá por 1991, tuvo la suerte el capricho de llevarme a conocer Japón, en un viaje de trabajo. Como parte de un contingente de argentinos, en una amplia mayoría movidos por la necesidad de ganar un dinero que parecía imposible aquí, y en mi caso no tanto por la necesidad como por el interés -por el dinero y por la oportunidad- acometimos la empresa. Otra vez la casualidad, combina a uno que por entonces ya era un ex novio de una de mis hermanas, hijo de japoneses radicados en argentina después de la guerra, con alguna frustración laboral y un ánimo inquieto, y nos deja en Mieken, cerca de Suzuka, para trabajar en una fábrica que contradecía por todos lados los aires de modernidad tecnológica que asociábamos con ese país.

La duración prevista de ese viaje era de un año, y al poco tiempo comenzamos a fantasear algunos con el pronto regreso, otros con el regreso a término con el dinero ahorrado (fuimos para allá a hacernos la América, si se me permite la metáfora a pesar del error geográfico) y algunos, o por lo menos yo, con la posibilidad de prolongar la estadía y recorrer el mundo con el ahorro adicional o volver luego a Japón por más dinero o cualquier otra combinación que cancele o postergue el regreso a Buenos Aires, que finalmente hicimos con mi hermano y compañero de aventuras antes de cumplir un trimestre en el archipiélago.

Recuerdo, en una de las tantas cartas que despachamos en esos días en que la palabra mail no existía e internet era aun un proyecto militar norteamericano, haber recordado por escrito un sueño que tuve, en el cual me casaba en Checoeslovaquia.

En aquel momento, primeros años luego de la caída del muro de Berlín, Europa del Este era aun una Europa preservada -sin querer pero preservada- por el comunismo de la avanzada de occidente y/o de la modernidad y/o de la globalización, eufemismos de la prepotencia cultural con que el capitalismo (mal menos norteamericano de lo que se piensa) simplifica por medio de la imposición y del marketing desde las maneras de vestirse, de comer y de divertirse hasta las escalas de valores.

Cuando debimos finalizar nuestra estadía en Japón, en forma precipitada, cierto grado de angustia nos hizo olvidar de aquel proyecto, que era más mío que de mi hermano, y volvimos a Ezeiza con la necesaria escala en Los Ángeles. Unos años después de aquel retorno, recordé a mi maestra. ¿Que sería de ella?, ¿estaría viva?; supe por la guía telefónica que el teléfono del que era su domicilio seguía estando a su nombre, por lo que era suficiente un mínimo esfuerzo para confirmar si estaba, si vivía, si me recordaba, visitarla, recordar juntos, darle las gracias. No sé porque, pero no hice el intento, y hoy que han pasado cerca de 40 años de aquella infancia, vuelvo a recordar, con un temor muy realista de que puede ser tarde para ese gesto, y vuelvo a decirme casi como una recriminación a mi mismo ¿por qué no lo hiciste cuando lo deseaste?.

Del mismo modo, pienso hoy en aquel lejano proyecto de conocer Europa, que el devenir de mi vida hace hoy más improbable, y que pude hacer cuando fui soltero y sin cargas de familia y tenía una espalda que podía descansar en un banco de plaza sin amanecer maltrecho y un estomago que no precisaba tantas caricias, y no busco hoy justificativos para no hacerlo hoy, sino que me digo a mi mismo una vez mas ¿aun no entendiste?, las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas, porque ni Europa es lo que era ni yo soy el que era, y el sueño del viaje que hoy decido que no hago no es ni siquiera parecido al recuerdo del sueño del viaje que no hice cuando lo tuve a tiro.

Para mas imposibles, Vaclav Havel asumió como presidente de Checoeslovaquia y entrego el poder como presidente de la Republica Checa, así que ya no están ni mi maestra ni mi sueño ni el país, y solo me queda el recuerdo en forma de lección, y una frase de Yukio Mishima, escritor de esos que no escriben por oficio sino por destino,  japonés –la casualidad parece ensañarse conmigo-, que encontré en el mismo suplemento, extraída de su libro Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, que me pego un cachetazo en la cara y me repiquetea en la cabeza desde entonces: “apostar con prudencia no tiene sentido”.

sábado, 21 de abril de 2012

Felicidades

Extraño sentir,
el deseo de tu piel sobre la mía,
tu respiración entrecortada,
tu corazón agitado en forma desprolija,
tus ojos en llamas,
y la anarquía hecha carne.

Conservo un recuerdo lejano
de cuando nada era importante,
y todo era parte del misterio
y los defectos nos parecían virtudes.

La felicidad siempre es posible,
y la intención sigue siendo la misma,
aun cuando los caminos se confundan,
y la noche sea cómplice del día,
repitiendo el despertar del sueño y la vigilia.

sábado, 14 de abril de 2012

Ser o Parecer

Las cosas son lo que son, y parecen lo que parecen. Puesto así, solamente he dicho una verdad de Perogrullo, como quien dice “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, una de esas frases tautológicamente ciertas, pero que dichas en el momento oportuno, con la entonación adecuada a la ocasión, nos hacen lucir frente al auditorio como si aportará algo la intervención.

Me acuerdo de pronto de un pequeño libro de Jezry Kosinsky -más cuento que novela- y de la película homónima, con un Peter Sellers impresionante. Si, hablo de Desde el Jardín, una parábola ejemplar sobre el ser y el parecer, donde –para quien no conozca- un jardinero con alguna debilidad intelectual impresiona y confunde a su accidental anfitrión, una de esas personas económicamente ricas y políticamente poderosas, de esas que les dan instrucciones a los presidentes, que lo auspicia y eleva a la categoría de notable, a partir de interpretar metafóricamente las tibias explicaciones técnicas de su huésped sobre el trabajo que realiza en los jardines.

Cuando queremos que algo sea, es suficiente con que parezca. Un colega de profesión, Daniel Piorún, dejó en un libro técnico de su autoría el siguiente epígrafe, que me gusta repetir: cuando tenemos un martillo, todos los problemas parecen clavos, que es otra forma de decir que queremos que las cosas sean de la manera que nos cierra, queremos que las soluciones sean las que sabemos encontrar, queremos que las explicaciones sean las que nos permiten despejar las dudas, sin importar realmente si entendimos bien o mal.

¿Cuál es la diferencia entre ser o parecer?. Un famoso, famosísimo general dejó una frase como la primera que cité, “la única verdad es la realidad”, otra tautología, otra perogrullada mas, que no sé en qué contexto fue dicha inicialmente, pero en caso de duda la pronunciamos argumentando a favor de nuestra idea, y ahora ¿quien lo discute?.

Yo. La frase no es una tautología, sino todo lo contrario. La frase no puede ser cierta. La verdad es la realidad, pero no es la única verdad, porque hay tantas verdades como realidades, y realidades hay muchas. Las cosas son como son –Perogrullo a full hoy-, pero ¿cómo son?. Son como mis sentidos las sienten, como mis prejuicios y mis credos las procesan, como mi historia las condimenta, y entonces no son, no pueden ser iguales para mí y para otro.

Vuelvo a pensar entonces en que las cosas son como me parece que son, y otro dirá o pensará que para él son como le parece a él que son, y ambos podemos estar de común acuerdo en ese punto, siempre que no intentemos comparar nuestros pareceres. Un gesto, una mirada, una caricia: ¿cuanto tienen en común entre una persona y otra?. El saludo que te doy a vos y el saludo que recibís de mi ¿son la misma cosa?. Moriremos con la duda.

Más temprano comparaba la relación ser-parecer con la relación querer-desear. La diferencia entre ser y parecer es nuestro trabajo intelectual. Desde un punto de vista objetivo al extremo, el ser es lo real, y el parecer es lo que entendimos nosotros. Ese entendimiento es la parte intelectual, la que presencia la realidad y la incorpora en forma incompleta, inexacta, tendenciosa. Del mismo modo, nos confundimos entre los verbos querer y desear, que no son sinónimos aunque lo parezcan, y al igual que en el par anterior, difieren en la intervención intelectual. Al decir querer, involucramos la voluntad, y la voluntad surge de la razón. En el principio, en la base, está el deseo, puro, en bruto, sin pulir, sin filtrar. Después elaboramos la idea. El deseo es lo que es, el deseo es lo real, le aplicamos el barniz intelectual, y luego queremos lo que nos parece que deseamos.

¿Y cómo distinguimos entonces lo que es de lo que parece?
¿Y cómo distinguimos entonces lo que queremos de lo que deseamos?

No sé. A veces me parece que distingo. Al fin y al cabo … ¿qué importa?

martes, 10 de abril de 2012

Escalones

Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, a cada llamamiento,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.

Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.

Aun la hora de la muerte acaso nos coloque
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros...
¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete estás curado!

Herman Hesse

lunes, 9 de abril de 2012

¿entendido?

No creo que entiendas lo que quiero decir hoy. Por mi parte, no está claro ni siquiera por que me siento frente al teclado a escribir. No tengo un tema, no tengo una frase, no tengo nada que justifique que alguien se detenga frente a esto que digo hoy.

Tan solo escribir, escribir. Tengo mil cosas que hacer, de las que no deseo hacer ninguna, y la que si siento que deseo hacer ahora ... languidece por falta de una idea que la alimente, y la otra que siento que deseo hacer, debe esperar aun, un poco más. Como quien sale a caminar sin saber ni donde ni para que, sin ni siquiera la expectativa de que el camino le presente en algún lado la justificación del acto, así me senté a escribir, confiando en que el avance de las letras se mantenga, pero sin mayor confianza en que aparezca la idea cuya ausencia -lamento desilusionar a los optimistas- aun no aparece. Escribo porque si. Podría dormir una siesta, pero tampoco tengo ganas de hacerlo, aun cuando cierta pereza parece indicarme que quedarme dormido en un sillón es una empresa completamente factible.

Quiero hacer algo de lo que tenga ganas. Vengo -me levanté un minuto y se ve que la circulación sanguínea algo aporta- de poner a calentar agua para el mate en la pava eléctrica, con regulador de temperatura. En el camino pensaba que podría dejar de escribir y ponerme a terminar un espejo, una pequeña artesanía, a la que solo le falta el último paso, pero eso supondría dejar de escribir, que es algo que me gusta hacer y que ya estaba haciendo. Esperará el espejo otra oportunidad, ya que en esa ida y vuelta hasta la pava apareció el tema.

Un gran hallazgo la pava. Tiene una perilla que permite indicar el punto de corte, para que el agua quede a la temperatura que tiene que quedar. Inicialmente le apuntamos al final de la letra E de la palabra MATE, y a medida que va acumulando sarro en el fondo metálico le damos un poco más al termostato, porque si no deja el agua un poco más fría de lo que me gusta. Cada tanto la limpiamos con vinagre, para quitar el sarro que se adhiere en un proceso gradual y continuo, una suciedad que se acumula sin que nos demos cuenta como, y al final degrada las cosas. Surgió de un regalo, luego de una seguidilla de veces en que el agua se reiteraba en el hervor cuando la olvidaba -proceso que en casa se menciona como "hacer una nube"-, y mis lamentos al aire al respecto inspiraron la elección, porque para hacer té o café el agua debe hervir, y si me la olvido tan solo agrego un poco, pero con el mate, si te pasas, tenés que andar agregando agua fría o cambiándola.

Justo hace un rato encontraba y compartía en Facebook (tengo muchos costados, también el cholulo) un texto de Neruda, que para quien lo conozca le alcanzara con esto "Muere lentamente quien ... no arriesga lo cierto por lo incierto, ..." y para quien no lo conozca la foto al pie o Google, y en ese ir y sencillamente poner la pava con la certeza de que el agua estará como me gusta.


Cuidado con la costumbre, que suaviza los matices, disimula las aristas, esconde los pliegues. Nos vamos repitiendo en los mismos caminos, a fuerza de reiterarlos nos hacemos familiares de los errores, regresamos y regresamos a donde ya estuvimos, asidos a un recuerdo de lo que fue, para volver a ver lo que ya cambió y no está más, para terminar lo que quedo inconcluso, sujetos a una obligación de completar, como si la condición natural del vaso sea estar lleno.

Bienvenida la incertidumbre.
Bienvenido lo desconocido.
Bienvenido el riesgo.
Bienvenida la vida.

Es curioso, como la vida va sembrando y plantando en cada uno, dejando semillas y rastros sobre nosotros, sin saber como ni para que. Recuerdo ahora un poema de Herman Hesse, con el que un ex-compañero de trabajo se despidió cuando dejó la empresa, que viene al caso y publicaré otro día, demasiado hermoso para perderlo al final de este post.

sábado, 7 de abril de 2012

Problema y Caos

Podría decir que cada tanto me asalta una idea, lo cual sería bastante cierto, aun cuando la imprecisa expresión "cada tanto" esconde que las ideas, -mis ideas, que son todo lo que soy- me tienen a su merced, y se suceden, incansables, una tras otra, desde que me despierto hasta que me duermo, y no siempre menos oníricas que las que se asoman en mis sueños cuando la razón descansa. No dejo de pensar, no en el sentido del pensamiento analítico, no en el sentido de la razón aplicada, sino pensar dicho como metáfora de la sucesión de ideas y palabras, de imágenes, a veces geométricas, muchas veces lógicas, y muchas veces absurdas, que se me presentan en una secuencia que no puedo prever ni gobernar. Podría decir que en mi reina la anarquía, pero la anarquía no reina, y aunque yo no lo deduzca hay un orden, y el orden supone reglas, y las reglas, nos gusten o no, asi como elevan al azar a la categoría de ciencia -la estadística-, del mismo modo convierten a la anarquía en una disciplina apta para la aproximación metodológica, metódica y lógica, el caos,

Bienvenido sea el caos. Entre tantas cosas, se me apareció un verso hoy, que atribui a la Madre Teresa de Calcuta, con el que mis neuronas se alinearon para darle vida a este post. Gracias a Internet, esta version moderna de Alejandría, esta materialización de la biblioteca de Babel soñada por Borges, y a Google, que no sería otro que el bibliotecario, pude rescatar el poema en un instante:

LA VIDA ES UNA OPORTUNIDAD, aprovéchala
LA VIDA ES BELLEZA, admírala.
LA VIDA ES BIENAVENTURANZA, saboréala.
LA VIDA ES UN SUEÑO, hazlo realidad.
LA VIDA ES UN DESAFIO, enfréntalo.
LA VIDA ES UN DEBER, cúmplelo.
LA VIDA ES UN JUEGO, juégalo.
LA VIDA ES UN TESORO, cuídalo.
LA VIDA ES UNA RIQUEZA, consérvala.
LA VIDA ES AMOR, gózalo.
LA VIDA ES UN MISTERIO, descúbrelo.
LA VIDA ES UNA PROMESA, realízala.
LA VIDA ES TRISTEZA, supérala.
LA VIDA ES UN HIMNO, cántalo
LA VIDA ES UNA LUCHA, acéptala.
LA VIDA ES UNA AVENTURA, arriésgate.
LA VIDA ES FELICIDAD, merécela.
LA VIDA ES VIDA, defiéndela.

Mi memoria no es buena. Recordaba un poema más breve. En teoría de conjuntos, aprendí el concepto de definición por extensión y por comprensión, y la diferencia entre detallar y definir. La definición es implícita, incluye todos los resultados posibles, en tanto que el detalle, por ser expuesto, deja a la vista lo que está y lo que no. A veces elijo un camino, a veces otro, según lo que quiera decir. Hay que tener cuidado, porque la misma palabra puede representar algo distinto para quien la pronuncia y quien la escucha. El gran riesgo de la definicion por comprension, mi preferida, es que quien escribe la fórmula y quien la interpreta deben estar en sintonía, para disminuir el riesgo de deformación de la idea. La función de los ejemplos es ayudar al receptor a decodificar correctamente la intención.

Releyendo el poema, encuentro dos versos que faltan, o que yo hubiera incluído, y que quizás puedan ser la definición por comprensión o parte de la definición por comprensión de las palabras de la santa, y sus versos, ejemplos de lo que se debe deducir de lo que digo aquí:

LA VIDA ES UN PROBLEMA, resuélvelo.
LA VIDA ES UN CAOS, entrégate.

Siempre y cuando el poema citado no sea una definición por comprensión, en cuyo caso lo mío puede ser considerado un par de ejemplos de dudosa necesidad, o algo muy parecido a la insolencia, o las dos cosas al tiempo.

jueves, 5 de abril de 2012

Años atras,


tomar tu mano, robarte un beso,
sin forzar un momento


Es peligroso el juego, por eso hay que jugarlo. Quizás tampoco sea un juego. Se reiteran los días y los momentos, se reiteran las posibilidades, y ahí estoy, predispuesto, bien dispuesto, haciendo mi papel. Como sin saber porque, fingiendo que las casualidades existen, como si fuera lo mismo que si y que no, sobrevuelo como el águila, silencioso, tratando de que mis ojos encuentren lo que buscan. No sé quién es el cazador y quien la presa, quien atrae y quien se acerca. No sé si soy Ícaro en busca del sol, o la llama que atrae a la polilla, o soy tanto lo uno como lo otro.

Tal vez haya un gran titiritero manejando todo, y soy solo una marioneta, un torpe muñeco de madera deseando ser carne con alma. De a ratos me distraigo pensando así, pero en general no es tanto lo que lo creo como lo que lo repito. Hago. Acometo la acción aunque me cuesta hacerme cargo de la consecuencia de mi acto, y disocio la voz que me devuelve el eco del grito que profiero, como si no supiera de donde viene, como si la luz que irradio y se refleja cerca mi de mi no naciera de mi mismo.

Vuela en el aire algo difícil de bajar a palabras. ¿Con que voz nombro lo que no entiendo?, con que combinación de letras y silabas, con que oración podrè dejar por escrito lo que pienso, si ni siquiera lo abarco. Un esfuerzo casi inútil, tratar de condensar en un par de párrafos algo que al leerlo me recuerde lo que quise decir, y confiar en que quien encuentre el mensaje lo reciba, lo interprete, y en ese proceso de decodificar perciba la intención con que lo lancè.


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