jueves, 24 de mayo de 2012

El boxeador

Por fin llegó el día. Llevaba un par de años esperando mi oportunidad, al principio paciente, los últimos meses ya no. Don Cosme me venía reservando, entreteniéndome con promesas y postergaciones, amagues de que ahora sí, ahora no, mejor el mes que viene, mejor contra este otro. Y lo cierto es que algo de razón tenía.

Había visto, con mis propios ojos, como algunos de los muchachos del gimnasio lo intentaron, con distintas suertes, algunas mejores y otras tantas malas, la mayoría malas, salvo el flaco López. Ese sí que tenía pasta, y llegó a pelear por algún campeonato. López fue el único del gimnasio con el que tiraba guantes con respeto. Con el tiempo le aprendí las mañas, y eso le costó llevarse un par de piñas de recuerdo, bien calzadas. No te repitas, le decía siempre Don Cosme, y yo le hacía caso, y López no. La treta del flaco era buena, y costaba entenderla, me consta que muchos no terminaron nunca de darse cuenta de cómo el tipo te hipnotizaba moviendo los pies para acá y para allá; uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro; te tenía así unas cuantas vueltas combinando los cambios de paso con el vaivén de las manos hasta que te adormecía, y de pronto en el tres te sacaba una zurda recta al mentón, colada entre los guantes, y después el resto.

Siempre en las peleas hay una mano que cambia las cosas, y para López, esa era la zurda. Una vez que te puso esa primera, la pelea se hace distinta. Si te pasó ese golpe, es cuestión de tiempo que te entren los demás. Algún rival se le plantó de guapo, después de comerse la primera trompada, y así le fue; creo que era el entrerriano, el que salió desbocado a vengarse, y cometió el error de enfurecerse -nunca te enojes arriba del ring- era otro de los consejos de don Cosme que él sabía seguir, cuestión que el colorado este salió preso de ira y el flaco López lo conoció y le dio el dulce, le dejó pasar una mano que venía medio mansa al cuerpo, fingiéndose el sentido, y cuando el otro se vino al humo, se encontró otra vez la zurda, al mentón pero de abajo, y en el instante en que la cabeza del tipo terminaba de subir y aun no empezaba a bajar, congelada como la punta del látigo desenrollado, en ese preciso momento en que el entrerriano tenía el cuello completamente estirado y los ojos viendo las luces, llegó una derecha que parecía el aspa de un molino, lenta, pesada, maciza, en el medio de la oreja del pobre tipo que creo que se desmayó antes de llegar al piso.

Presta atención, siempre, me decía don Cosme. Daba pocos consejos, pero buenos.  No era de hablar mucho, algo taciturno, pocas veces lo veía sonreír. Creo que el tipo era feliz, pero no dejaba que se le note. Vivía en su gimnasio, donde al fondo tenía un departamento chiquito, sin nada más que lo necesario, una cama, una mesa, un par de sillas, una tele que casi no prendía y una radio, clavada en una AM con un poco de folclore y mucha charla, a la que pocas veces le vi prestarle atención. Creo que fue de tanto acostumbrarse a escuchar gente hablando sola o conversando de cosas que no parecían importarle que desarrolló su capacidad de estar callado, sin decir nada más que lo imprescindible, salvo las indicaciones de trabajo, un poco menos mínimas -Oscar, a la pera, Colorado hace soga, vos a la bolsa, ustedes al ring- que repartía en el Gimnasio Del Parque, su propio mundo en Villa Devoto, del que salía sólo cuando no podía evitarlo.

Me acuerdo de el Nari, un pibe con mucho gimnasio pero del otro, no de boxeador sino de patovica, mezcla de fierros y quien sabe que otras cosas, que llegó un otoño convencido de que golpear y boxear era lo mismo, y le apostaba su futuro al tamaño y la fuerza bruta. Don Cosme no lograba hacerlo entrar en razón, repitiéndole que por ese camino iba a durar pocas peleas, hasta que se cruzara con alguno que no se asuste y se mueva rápido; lo vas a ir a buscar y no lo vas a encontrarle advertía, y toda esa carne hinchada y dura no te va a permitir frenar lo prevenía, y cuando te pases de largo, te van a dormir, le anticipaba. El Nari había decidido no escucharlo, pero el viejo no se hizo cargo de su sordera y cada vez que podía le insistía paternalmente, al principio con esperanza de hacerlo entender a tiempo, y cuando se dio cuenta de que la letra no le iba a entrar sin sangre, lo siguió haciendo en el mismo tono pero con creciente resignación, como preparándose para no sentir culpa el día que le tuvo que decir yo te avisé.

Cada tanto se enojaba. El viejo, como le decíamos a escondidas, era paciente, de esa paciencia de la gente grande, que sabe que tarde o temprano el agua corre, que vio a varias estrellas encenderse y apagarse, y que aprendió que apurarse es peor que demorarse pero no siempre. Era raro que levante la voz, y excepcional que se enoje, y en general, cuanto más enojado estaba, menos levantaba la voz. Lo escuché un par de veces desde lejos discutir alguna cuestión de plata en su oficina, un cuartito de dos por tres con dos sillas, un escritorio bajo cuyo vidrio había algunas fotos en blanco y negro y recortes de revistas descoloridos y de diarios viejos amarillentos, casi ilegibles, de su época de joven. En una punta del mueble había una lámpara de dibujo, que desentonaba, y en un rincón un pequeño aparador en el que guardaba algunas carpetas y cuadernos en los que cada tanto anotaba cosas que no compartía con nadie. Lo vi enojado pocas veces, y realmente enojado, el día que Roque llegó borracho por última vez. Ya había pasado alguna vez antes, Roque se tentaba fácil, llegaba algo picado, haciéndose el distraído, hablando de lejos. Don Cosme lo pillaba al vuelo, y le decía medio en chiste “justo hoy, que te tocaba guantes” y lo subía con él. Nadie intentó nunca pegarle de verdad al viejo, y Roque tampoco, pero el viejo esos días se ponía un poco más duro, y le hablaba y le tiraba las manos, y las hacía llegar, y entre una y otra le decía “estás dando ventajas, y las ventajas se pagan”. Ese día, no sé si Roque ya sabía o intuía que iba a resultar su despedida del gimnasio y por eso lo hizo, o si el viejo se decidió durante o después de ese cruce de guantes, la cuestión es que Roque se le plantó arriba del ring, le hizo fuerza, de igual a igual, faltándole el respeto, en lo que fueron los últimos dos rounds de su vida. Cuando bajaron, el viejo era una mezcla de enojo y tristeza, le habló un rato casi de más, le deseó suerte, lo echó y le prohibió volver. Nunca más supe de él.

Las últimas tres semanas se me pasaron volando. Desde el día que don Cosme me dijo “Ahora sí, preparate” todo fue encajando como las piezas de un reloj. Hacía los mismos ejercicios de siempre, quizás un poco más concentrado que de costumbre, exigiéndome un poco más. Iba recordando los consejos recibidos, uno por uno, durante los cuatro años que llevaba con él. El día que lo conocí, de entrada me trató bien, diferencia que alguno de los muchachos me hizo notar después. Hizo algunos esfuerzos, en vano, por convencerme de retomar el colegio hasta que desistió, un poco desencantado. Me enseñó a comer variado, a incorporar verduras, a andar derecho. Me hizo cambiar el cuerpo y la postura, y si bien nunca fui flaco ni débil, los años de trabajo siguiendo sus órdenes me volvieron fibroso, ágil y flexible. Con él aprendí otras cosas, además de las del gimnasio, y de todo lo que soy hoy y de todo lo que por suerte no fui, lo que no se lo debo a mi vieja y a la calle, se lo debo a él.

Me llevó un par de años hasta que me subió por primera vez a un ring. Recuerdo esos días, una semana antes me miró y me preguntó en secreto, en voz baja, como no queriendo escucharse la voz al decir: “¿en serio querés?”. Un par de días después me dio otra oportunidad de desistir  y me dijo, como un padre, que casi lo era, “Si tenés dudas no subas; si tenés miedo, esto no es para vos”. Era una advertencia, uno más de sus consejos, pero yo no quise tomarlo así, y lo interpreté más como un pequeño desafío; después supe que todos pasaron en su momento por esa ceremonia privada, y también de alguno que eligió no subirse,  no sé si por conocer el miedo desde abajo o por que. Don Cosme sabía que si esa pregunta la hacía en público nos exponía, a quedar como cobardes o a aceptar sin convicción, por eso de todos los consejos que nos daba, que eran básicamente los mismos, ese último lo hacía siempre a solas, y nunca escuché de su voz si alguno de los que se fueron del gimnasio sin pelear lo hizo antes o después de esa pregunta.

Lo cierto es que tuve varias peleas amateur. Corría algo de plata ahí. Se cobraba una entrada, para disimular, pero la plata estaba en las apuestas. Solía venir gente de afuera. Las peleas eran cortas, tres rounds o cuatro a lo sumo, y era knock-out, abandono o empate, si los dos llegábamos al final de la pelea. Sé, mejor dicho creo saber, que no todos mis contrarios salieron decididos a ganarme, y se comentaba cada tanto que en el gimnasio siempre había alguien dispuesto a ir a menos por plata; incluso escuché la confesión de uno que dijo haber perdido su pelea a propósito, cosa que hubiera preferido no saber ni creer, pero di por cierta, por lo que nunca hablé al respecto con don Cosme. Sé que a mí nunca me pidió perder, lo más lejos que llegó en ese sentido fue pedirme que deje pasar el primero o el segundo round, que dejara durar al rival de turno.

Nunca tuve miedo en esas peleas, pero sí lo conocí. Lo vi de cerca, en los ojos de alguno de los que me crucé. Con el tiempo, aprendí a darme cuenta de quien siente temor y quien no, no sé explicar cómo, pero hay algo en el aire que se huele, no sé si es la forma de transpirar, la manera de sostener la mirada, o la falta de convicción para tirar las manos cuando los invitaba al cruce.

Gracias Cosme, por los consejos. Tuve la sensación, en más de una de estas peleas, que elegir el gimnasio del viejo fue la mejor decisión. Si tenés miedo, esto no es para vos, yo sé que a mí me lo dijo, y creo que a más de uno de los que enfrenté no se lo dijeron, por que los vi ahí, con miedo, pasándola mal. Alguno fue patético, estaba arriba y se le notaba que no tenía ganas, que lo único que quería era estar en otro lado, que sólo quería que todo se termine. El tipo era una invitación a pegarle, estaba regalado, le dolían hasta los amagues. Dejalo durar hasta el segundo, me había dicho Cosme, y así lo hice. Se notaba un poco que lo estaba perdonando, por que el pibe no devolvía nada de lo que le tiraba. Estudialo, estudialo, me decía Cosme, que era la manera de decir amagale pero no le pegues, quien sabe que billete dependía de eso.

Llegó la campana, venís bien, me dijo el viejo, un poco de agua, una toalla por costumbre, para secarme lo poco que había transpirado, que casi ni falta hacia, otra campana, es tuyo ahora fue la señal. Salimos al centro de nuevo, el pibe este con la guardia un poco más alta, como si se hubiera acordado de que veníamos a pelear, pero sólo como si se hubiera acordado, o como si hubiera oído al viejo dándome la venia. Le crucé un par de manos, las primeras a los brazos, las segundas al cuerpo, como para ir domándolo, esfuerzo innecesario. Yo lo miraba, como siempre me decía don Cosme: las manos y los ojos, los pies y los ojos, las manos y los ojos, los pies y los ojos, nunca dejes de saber adónde tiene la vista puesta el rival, si te mira los pies mové las manos, si te mira las manos mové los pies. En eso estaba, y el pibe sólo miraba los ojos, mis ojos, me miraba, me miraba fijo, y no veía ni sabía lo que hacía con mis manos y mis pies, estaba pálido, sesenta y cuatro kilos de terror envueltos en piel. Le vi la cara, después de la primera mano a la cabeza, le vi en los ojos saltones el pedido de que termine todo cuanto antes, me miraba, bajaba la vista y cerraba los ojos, una vez, dos veces, a la tercera vez que lo hizo entendí el pedido, casi una súplica, y le tire un gancho que hasta me pareció que abrió los brazos para dejarlo pasar, un derechazo terrible al cuerpo que lo sacudió, un par de cachetazos más y todo terminó.

Me costó dormir la última noche. Estaba algo excitado, algo ansioso. A los pocos días de fijar la fecha del debut, don Cosme me confirmó que pelearía contra el cuervo Cuevas, quien supo ser el crédito de Santos Lugares hace una punta de años; un par de días después medio se desdijo y me comentó que era probable que mi primer rival profesional fuera un pibe joven, del Almagro Boxing Club, debutante también, porque el cuervo había decidido mantener los guantes colgados respetando el juramento que había hecho público la última vez que peleó y perdió y no quería saber más nada con el boxeo, lo que era más que razonable ya que sólo algunos, entre los que yo casi no estaba, recordaban su pasado de gloria y muchos teníamos presentes varias palizas recientes, especialmente la última, en la que casi pierde la mitad de la
, que le dejó de recuerdo una cicatriz fea, arriba del ojo derecho, un corte hecho sobre la cicatriz de uno o varios cortes anteriores, una cresta horrible que le hubiera justificado un mote si no se hubiera ganado el suyo antes, debido no se sabe en qué proporción a su incierta fama de comedor de carroña y a la cacofonía del apellido.

El cuervo había sido un buen boxeador del montón, un trabajador del ring, un tipo que perdió rápido el tren de los campeones y en vez de dedicarse a otra cosa cuando aún estaba a tiempo, decidió seguir subiéndose a pelear por unos mangos, cada vez menos, cada vez más seguido, dispuesto a sacarle el jugo a su cuerpo hasta donde pudiera, a pesar de lo cual apenas había logrado ahorrar un poco de plata, siempre insuficiente para arrancar el bar al paso con el que fantaseaba, empresa que con el resto de luces que le quedaba estaba condenada a la quiebra. Había puesto un par de veces una verdulería en sociedad, pero entre la dificultad para las cuentas y el no saber comprar y el no saber vender, ni siquiera pudo dudar de si era cierto que sus socios de ocasión tampoco alcanzaron a rescatar la inversión cuando las cerraron. Así era la vida del cuervo, un tipo predestinado al ocaso, a morir de pobre sin alcanzar un sueño y mientras tanto vivir del recuerdo de lo que pudo haber sido pero no fue, y en ese trance, unos billetes más en la bolsa lo volvieron a convencer de hacer una pelea más, la última, esta vez sí la última de verdad, contra el pibe nuevo de don Cosme, Omar Becerra, que de tan nuevo ni siquiera apodo tenía.

Se me hizo entrada la noche, pensando en la pelea, repasando como había llegado hasta aquí. Había desoído varias opiniones en contra de mi elección. Nunca quise escuchar a quienes me recomendaban algún oficio, convencido de mi futuro y de mis razones. Desde chico, los años que pasé en la escuela me dejaron entre poco y nada, salvo alguna fama de bravo, merecida. No era de los altos ni de los fuertes, pero me gané el respeto de todos, a fuerza de arreglar asuntos en las esquinas. No era pendenciero ni de ir a buscar, pero me dejaba encontrar, o quizás no sabía esconderme. Muchas veces la cosa empezaba en el barrio, durante algún partido de futbol en el potrero frente a las vías, donde nunca falta el gracioso oportunista que disimulando la mala intención se pasa de listo con la pierna, y si me la ponés fuerte a mí, te la devuelvo apenas pueda, y si sos porfiado e insistís, bueno, que esperabas, no vamos a seguir cruzándonos las tibias durante todo el partido si con las manos, que también tenemos, lo arreglamos enseguida.

Mi vieja no quería que pelee, nunca quiso saber nada. Mi viejo, no lo pude saber, pero creo que sí le hubiera gustado, recuerdo que le gustaba mirar boxeo. Con el veíamos a Monzón primero y a Galíndez después, una de las pocas cosas que hacíamos juntos, hasta el día del accidente que me dejó huérfano. Quedamos solos los dos, y cuando la tele se quemó, ya no tuvimos otra. Por radio no se puede seguir una pelea, así que veía las que podía ver, cuando la suerte me encontraba frente a un televisor. Poco después, aprendí a colarme en los clubes y las miraba en vivo, perdido entre la gente, seguía las peleas y las apuestas, fascinado por ese ambiente, en el que conocí a Don Cosme una tarde noche de verano y me adoptó.

El sábado, ese sábado tan esperado, amanecí temprano, pero no tanto como imaginaba. Di un par de vueltas en la cama, y me levanté sin apuro. A media mañana ya estaba bien desayunado, con un par de mates menos y un par de tostadas más que otros días. Hice algo de tiempo, acompañe a la vieja a hacer las compras, compartimos al mediodía unos fideos con aceite y queso -le prometí que a la noche sí le aceptaría el tuco que me había estado preparando- le di un beso largo en la frente y me fui al gimnasio, a esperar mi tarde ahí.

El tiempo se me hizo largo. Quise ayudar en los preparativos, pero a la segunda silla que acomodé el viejo me chistó, me dijo “hoy no Omar”, y me mandó al vestuario con una seña. Estuve un rato tirado en la camilla, mirando el techo, tratando de poner la mente en blanco. Al rato me cambié, me puse la ropa de fajina y comencé a moverme despacio, despacito, como para mantener apenas tibios los músculos. Caminando por ahí, de una pared a la otra, alternando con los nudillos de cual mano le pegaba a la palma de la otra, estirando los brazos, un saltito o dos, rotando la cabeza. Finalmente se hicieron las cinco, entró Don Cosme por última vez, con un masajista y alguien más, me dieron la ropa, toda nueva, y me dijo que estuviera preparado, que si bien entraba en la segunda pelea, la primera podía ser corta.

Me sorprendí al escuchar mi nombre por los parlantes, como si estuvieran hablando de otra persona. Desanduve el trayecto del vestuario al ring, un camino que conocía de memoria y podría haber hecho con los ojos cerrados, sin explicarme porque me resultaba menos familiar que todas las veces anteriores, mirando de reojo a ambos costados. Me costaba entender lo que la gente hablaba entre sí o me decía al pasar. Vi algunas caras conocidas, compañeros y desertores del gimnasio, reconocí también a varios habitúes de las apuestas, entre otros que nunca antes había visto. A pesar de que me dijo que no iba a venir, busqué a mi vieja entre las pocas mujeres presentes, confiando en que pudiera haber cambiado de opinión, pero no la encontré; después en casa me dijo que llegó hasta la puerta, pero que los nervios no la dejaron entrar. Don Cosme me esperaba en el rincón, como tantas otras veces, aunque lo noté más serio que de costumbre, acompañando la ocasión.

Subí al ring. Arriba había un montón de gente. El árbitro, el cuervo Cuevas en el rincón de la visita con su gente, Don Cosme y un ayudante, alguien sacando fotos como si las fuera a publicar o vender, y un par de personas desconocidas de corbata, prenda pocas veces vista en el lugar, que no sé qué hacían ahí ni a quien buscaban mirando por entre las sogas. De a poco se fueron bajando todos, cada vez se hacía más fuerte el murmullo que venía desde el público y más silencioso el cuadrilátero, hasta que quedamos sólo los tres que debíamos quedar, y el árbitro nos llamó al centro para el choque de guantes y las recomendaciones de siempre.

Había visto varias veces al cuervo, lo había visto ganar peleas seguido hasta hace unos años y lo había visto perder últimamente, pero nunca lo había visto tan de cerca, cara a cara, a un brazo de distancia. Era difícil adivinarle la edad si no te daban pistas, por el aspecto le dabas un siglo, pero no tenia cuarenta años aun. Más que viejo, estaba gastado, a fuerza de golpes, malos tragos y penurias. En su juventud tuvo un cuerpo elástico e importante, pero hace un tiempo se le había empezado a notar la falta de constancia en el ejercicio, y como se mantenía delgado, la piel ya era casi un talle más grande que los músculos. Tenía la cara curtida de guantes, la nariz aplastada, bien ancha, casi chata, algún corte en el pómulo, quizás dos. Lo primero que le había visto fue la cicatriz deforme del ojo derecho, pero quizás por un poco de pudor, fue lo último que me puse a mirar. No es tan antiguo el ultimo corte pensé, y me dije a mí mismo que podría ser una manera fácil de sacarlo de combate acertarle un par de golpes ahí y volverle a abrir la cicatriz, que estaba fresca, mientras recordaba las últimas palabras de Don Cosme antes de dejarme solo en el ring: dejalo durar hasta que te avise, él ya está hablado.

Me corrió un escalofrió por la espalda cuando le dieron el primer golpe de martillo a la campana, iniciando la pelea. Haciéndole caso a Don Cosme –el que está en el centro manda- llegué a ese lugar antes que el cuervo, que parecía venir de paseo, como si no tuviera ningún apuro ni supiera por que estábamos ahí.

Nos pasamos los dos primeros rounds aburriendo a la gente en las tribunas. El cuervo evitaba los cruces, yo lo buscaba y el tipo se corría para el costado, todo el tiempo, me esquivaba haciéndome dar vueltas y más vueltas, impidiéndome quedar frente a frente. Si lo hubiera hecho a paso rápido, me hubiera terminado mareando, pero todo se hacía al ritmo que proponía él, despacio, tranquilo, como en cámara lenta. Cada tanto, sacaba una mano o dos, sin mucha convicción, como para mostrarme que las había traído. Pensé para mis adentros, si esto sigue así, va a ser empate.

Acelera un poco, me dijo el viejo antes de salir al tercero. El cuervo seguía eludiéndome, dando vueltas alrededor mío y negándose a cambiar golpes. Cuando me di cuenta de cuál era su juego, ya casi se me habían escurrido los tres minutos de la vuelta: caminar, caminar, a la mitad del round te tiro una o dos manos, y al final te tiro un par más, y así haciendo nada seguimos durando. Oí la campana llamándonos a las esquinas y volví al rincón un poco frustrado.

Lo primero que escuche al sentarme en el banco sonó a reto: no aceleraste. Asentí con la cabeza, me justifique con un “se me escapa”, tranquilo, hay tiempo, me dijo Don Cosme y me indicó que le regale al cuervo el centro del ring, y lo persiga para donde vaya, si no se queda ahí. Con esas ideas, salí al cuarto asalto, decidido a apurar.

El cuervo parecía no entender la propuesta, y por un momento el puesto de mando quedó vacío. Lo miré y le aclaré la invitación, bajando los brazos y mostrándole la palma de los guantes. Con el tipo ahí, en el medio, todo parecía más fácil. Estaba claro que cuidaba el aire, y que no pensaba llevar el gasto de la pelea, así que esa parte me tocaría a mí. Lo miraba siempre, como sabía, las manos y los ojos, las piernas y los ojos, lo estudiaba todo el tiempo, y cuando entendí como se movía, esperé el momento en que dejaba de ir para un lado y arrancaba para el otro, y ataqué.

Le tiré una mano, seria. A propósito, se la tiré un poco lenta. Hubo un instante en que pensé que llegaba a tocarlo, porque el tipo tardó en reaccionar y sacar la defensa. A último momento la barrió, pero quedó muy cerca. Se mueve rápido, pero reacciona lento. Estás avisado cuervo, me dije. Seguí dando vueltas alrededor de él, girando para un lado y para el otro, estudiándolo, y el tipo dale que dale, con el mismo juego de piernas. Al rato le tiré de vuelta la misma mano, del mismo modo, el mismo chiste pero con más ganas y un poco más rápido. Esta vez también llegó a sacarla, cuando ya la tenía pegada al mentón; por un momento fugaz me pareció que se había movido más velozmente que la vez anterior, pero no, lo que hizo fue sacar un poco antes la derecha con que me barrió la mano. Se ve que tiene memoria, y reconoció el brazo. Mejor así. Mejor que pienses que no sé otra cosa.

Bien, bien así, me recibió Don Cosme en el rincón. Cambiale el juego, y no te distraigas. No supe por que me dijo eso. Volví a regalarle el lugar, vos quedate en el centro, que yo te busco y te encuentro. En cuanto pude amagué reiterarle la mano, pero no dio señal de haber visto el movimiento, y eso me decidió; deje pasar una chance y a la siguiente oportunidad le repetí la mano una vez más, y apenas la sacó le tiré la otra y le llegué. ¡Entraste!.  ¿Qué pensabas, cuervo?. El tipo acusó recibo. Dio un paso para atrás, me miró fijo, y giró un poco la cabeza como para dejarme bien de frente el ojo derecho. Movió la mano derecha, como apuntando a la cicatriz. No sé si quería mostrarme su historia o me invitaba desafiante a pegarle ahí.

Seguimos la vuelta, mirando manos y ojos, pies y ojos, girando, siempre girando, para un lado, para el otro. Empecé a buscarle el ojo, sin suerte. Se dio cuenta, y empezó a mostrarlo más. Perfilaba la cabeza para el otro costado, dejándolo a la vista, haciendo alarde, como el torero que muestra la capa roja. Empecé a mirarle más el ojo, tratando de contarle los puntos de la última costura, que estaban un poco rojos aun. Un punto, dos, los pies y las manos, un punto,  dos, tres, los pies y las manos, un punto, dos, tres, cuatro.

No llegue a contarle todos los puntos, cuando descubrí el descuido. Aguanté bien el zurdazo,  pero quedé algo sentido. Di un par de pasos para atrás, y me fui escabullendo, recomponiéndome. Por suerte sonó enseguida la campana y volví a refugiarme en el rincón.

Don Cosme me recibió en silencio. Me miró fijo, me mojó la cabeza, me cacheteó, y cuando vio que estaba entero me habló: cuidate, no te distraigas, fue lo primero que me dijo. Me repitió algún consejo más, que no sé si escuché, porque en ese momento me puse a recordar todas sus recomendaciones anteriores, y en ese mínimo minuto de tregua, no pude distinguir cual era su voz y cual el eco de las enseñanzas recibidas en los cuatro años anteriores.

Sonó la campana llamando al sexto round. Volví a salir, pero en realidad, el que volvió fue mi cuerpo. Yo me quedé en otro lado, como ausente, mirando algo descreído mi propia pelea. Si es cierto lo que dicen, que hay por lo menos un momento en que la vida te pone a prueba, yo estaba en el primero de los que me correspondían. Abajo del ring nadie notaba lo que estaba pasando arriba, sólo yo lo sabía, por un momento lo supe sólo yo, hasta que volví a mirar al cuervo a los ojos y vi que me vio y me di cuenta de que él también sabía, y lo demás sólo fue cuestión de tiempo.

Recordé el último consejo del viejo antes del día de mi primera pelea, y descubrí una vez más que tenía razón. Aun estaba a tiempo de ganar y de perder, y seguí peleando bien, pero algo desinteresado del resultado. El cuervo me mostraba la cicatriz, desde lejos, me la dejaba mirar como queriendo decirme algo, que no entendía. No me tiraba golpes, pero tampoco se dejaba encontrar. Se alejaba un poco, mostraba la cresta, me miraba, bajaba un tanto la cabeza y cerraba los ojos; después acortaba distancias, me miraba un segundo de cerca y se volvía a alejar, a mostrarme la cresta y mirarme y bajar la cabeza y cerrar los ojos, una vez, y otra vez, y otra más, hasta que recibí el mensaje.

Cuando me desperté, la pelea había terminado. Escuché la voz suave de alguien preguntar con algo más que curiosidad ¿el pibe está bien?, cuando repitió la pregunta supe que esa voz que no conocía era la del cuervo, que se mostraba preocupado por mí. Don Cosme me preguntó mi nombre y alguna cosa más, como para ver si el que tenía los ojos abiertos era yo o seguía ausente, y cuando supo que sí, me gatilló el reproche, insistente, como con eco: ¿no la viste venir?, ¿cómo no la viste venir?, ¿en serio no la viste venir?.

Días después, dejé el gimnasio, y un par de meses más tarde, me hice amigo del cuervo. Aun hoy nos divertimos recordando a la gente comentar su retiro con gloria, durmiendo al pibe Becerra como en sus buenas viejas épocas, con una mano que nadie pudo nunca entender como me la comí en seco; y al igual que como pasa en las fabulas de los pescadores, cuanto más tiempo pasa es más la gente que estuvo ahí para ver la pelea y cada vez que alguien la cuenta la mano es más terrible.

Con el tiempo, nos fuimos confesando, y entre charla y charla y vino y vino, aclaramos las cosas. Un día en confianza me blanqueó que se había apostado sus últimos mangos a sí mismo, como para retirarse con tres miserias en vez de una. Por mi parte, yo le reconocí que con su primera mano conocí la duda, o quizás la recordé, y entendí por que el viejo me decía que si tenía miedo, esto no era para mí;  y le agradecí también que me enseñara la cicatriz, y me evitara la tentación de repetir su camino, de apostar veinte años a ver si llego vivo al retiro, y si dejé de seguir pobre para esa fecha; y ahora somos dos los que sabemos que es cierto, que es completamente cierto que la segunda mano no la vi venir, porque después de entender todo y de abrir un poco la guardia, miré al cuervo por última vez en la pelea y le cerré los ojos.

domingo, 20 de mayo de 2012

Gracias

Gracias por el paréntesis,
la fugaz tregua,
el armisticio,
ese breve respiro de las armas,
de las almas.

Gracias por la ilusión,
la fantasía de lo imposible,
la mentira hecha cuerpos y sudor
y breves órdenes sobre las sabanas.

Recobro fuerzas así,
me yergo altivo,
entiendo y comprendo todo,
la propiedad del precipicio,
al que camino.

viernes, 18 de mayo de 2012

El fin del mundo

Decía hace un tiempo que, en la eternidad del tiempo, todas las profecías son apuestas seguras a futuro, por lo que la advertencia de que el mundo tiene fin, no por vistosa o grandilocuente, deja de ser absolutamente irrelevante.

Claro, los mayas dijeron que sería en 2012. Bueno, en realidad, alguien dice que los mayas dijeron, y para ser más estricto en la semántica, oí y creo que vi –no digo ni miré ni escuché- noticias de relleno y comentarios tan prescindibles como la misma televisión; entre todo eso, alguien aportó alguna reflexión sobre la finitud de las cosas que justificó su lectura, mérito que mi voz no precisa pero espero que comparta.

¿Cuál es el 2012?. Ah, que pregunta. Si existieran los mayas, podríamos preguntarles que quisieron decir. Quizás nos corrigieran, quizás nos enseñaran, quizás le echarían la culpa de todo el entuerto a un grupo de vanguardia al que se le dio de abusar por algo prohibido, o a  alguno que tomó algo de más, o a algún pasquín de la época que inventó todo, como nos hicieron después con el informe Roswell, el monstruo del lago Loch Ness, el filipino embarazado, y tantas otras promesas.

El concepto de 2012 es muy relativo. ¿2012 para los cristianos, o para los judíos, o para los musulmanes?. ¿Contado desde cuándo?. ¿Y esos 2012 años, son convertibles 1 a 1 como el peso y el dólar –otra fábula que nos hicieron creer- o hay que sacar la tabla de logaritmos y la calculadora trigonométrica.

No tengo el dato preciso de cuando cae el 2012 de los mayas. Sé cómo obtenerlo, pero no tengo ganas, así que le dejo la inquietud a algún curioso o a algún ex estudiante que haya aprovechado mejor que yo los años de colegio. El dichoso año, mejor dicho no el dichoso sino el desdichado año, ocurrió algún tiempo después del año 1492, este ultimo si contado desde nuestra visión occidental y cristiana. 2012, y se acabaron los mayas, y fue el fin del mundo para ellos.

-.-

Mucho antes de ahora, cuando fui adolescente, me enfrenté varias veces al fin del mundo, en forma de novela, en forma de guerra. Por si la pista no apunta, aclaro, encaré varias veces la lectura de “La guerra del fin del mundo”, de Mario Vargas Llosa. Debo haber leído media docena de veces el primer capítulo, pero no tenía aun el aplomo y el consejo de los años, y sucumbía en manos de la impaciencia y el descrédito en algún momento del intento.

No debiera cantar victoria, pero llevo ya un mes o mas de perseverancia, y llegué anoche a la página 400 de las más de 600 que tiene esta edición, que salió a la venta acompañando al diario La Nación hace poco tiempo y que hace menos tiempo aun, de casualidad, encontré a la venta en una librería escolar a la cual caí poco después del inicio de clases, en busca de los consabidos libros de colegio de reposición anual (tema para otro día, la hijaputez y no solo comercial de generar libros descartables, libros que no se leen sino se usan, y una vez usados ya no sirven, el absurdo de un libro).

Un libro hermoso. Denso, espeso en su redacción, de párrafos largos, historias paralelas, un entramado en el que durante muchas páginas no logré hacer pie, pero continué leyendo con la confianza ciega de entender, en algún momento y no me importa de qué manera, de que venía la cosa, lo que por suerte sucedió. Situado en Brasil, en el norte, a fines del siglo XIX, con algún parentesco en su forma con los 100 años de Garcia Márquez. Lectura recomendada.

Cerrando el punto, en 2012, el año del fin del mundo, de casualidad me encuentro con este libro, la guerra del fin del mundo. No deja de ser una coincidencia casual. Compré el libro solo para reintentar vencerlo, rememorando aquellas frustraciones, sin pensar –o sin tomar consciencia- de la causalidad latente.

-.-

Viendo la evolución de algunas situaciones personales, comencé hace poco a hacer algunos chistes sobre el fin del mundo, y lo seria que se había puesto mi vida en demostrarme la vigencia del asevero, e iba por ahí repitiendo una frase así como “si el 2012 es el año del fin del mundo, conmigo empezó con el pie derecho”.

Comencé enero con una situación premonitoria. No me sorprendió el hecho - me llegó el despido- pero sí que se adelante un par de meses a mi previsión. La noticia en si es abstracta, no fue ni buena ni mala, ni la tomo con la capa de barniz de y-ahora-que-voy-a-hacer a-mi-edad-con-lo-dificil-que-es-conseguir-trabajo-y-encima-con-cuatro-chicos. Tampoco hay nada que pueda hacer para cambiar los hechos, y vino con un cheque interesante.

Estaba un poco hastiado de la compañía, disconforme con algunas cosas, recibiendo un trato que no me parecía el que ameritaba, con una relación desgastada a base de irnos conociendo las mañas y los defectos. Confortablemente adormecido, cantaría Pink Floyd. No estaba satisfecho, quizás conforme, mejor dicho acostumbrado, con una alegría cada tanto, y cada otro tanto un escape.

Más inesperado aun, en febrero el corazón de mi suegro dijo basta, sin ningún preaviso. La noticia te choca, la realidad te pega un tortazo en la cara, una patada en los testículos, una piña en la boca del estomago, y te deja dolorido, sin aire y sin reacción, y te das cuenta de golpe de que la muerte es otra profecía de la que no te vas a escapar. El 2012 de mi suegro cayó en 2012. Llevo meses planteándome a mí mismo la angustiosa certeza de la muerte. Como escuché en Belleza Americana, todos los días empieza el resto de tu vida, menos el día que vas a morir. Ese día es el del fin del mundo. Y si no, si no lo entendés aun, preguntale a tus ausentes, y hacete cargo.

Apenas digerida la noticia, la decisión. Cuando aun me debato entre lo que quiero y lo que no, cuando aun no termino de convencerme de poner el ser delante del parecer y poner el deseo delante del quiero, me dan noticia del próximo despido. Me resisto, hago mis duelos, proceso, digiero, consiento, acepto.

Estábamos un poco hastiados de la compañía, disconformes con algunas cosas, recibiendo un trato que no nos parecía el que ameritábamos, con una relación desgastada a base de irnos conociendo las mañas y los defectos. Confortablemente adormecidos, cantaría Pink Floyd. No estábamos satisfechos, quizás conformes, mejor dicho acostumbrados, con una alegría cada tanto, y cada otro tanto un escape.

-.-

Decir que el fin del mundo puede ser cualquier día de estos, es otra manera de decir que todos los días es 2012. Y entrando el año, veo que la vida, tal como la supe conocer, se está acabando.

Y estoy así, alistándome para mi fin del mundo personal, sin poder saber hoy, cuando el fénix renazca y yo termine de reencarnarme, ni de que voy a trabajar, ni bajo que techo voy a vivir, ni a quien dedicaré mi amor, ni a quien entregaré mi cuerpo.

No está mal para llamarlo el fin del mundo. Si no lo es, es un simulacro importante.

viernes, 4 de mayo de 2012

Huellas

Huellas,
testimonios de ayeres ajenos,
o nuestros,
que ya no nos son propios.

Nada del pasado nos pertenece,
ni lo que creamos,
ni lo que creímos,
todo son marcas en la arena,
caprichos del agua y del viento. 

Huellas,
recuerdos fugaces,
moribundos.

viernes, 27 de abril de 2012

¿Escribir?

Hace algunos años, en un colectivo por entonces fresco, llamado CQC, comandado por Mario Pergolini, alguien se descolgaba cada tanto con un ¡que buena pregunta!.

Algunos escriben porque no tienen más remedio que hacerlo, otros para alardear de su destreza técnica, otros para ganar dinero. He visto casos de gente que escribe algunas cosas y/o de algunas maneras que, quiero pensar, deben tener alguna justificación, aunque a mí se me escape. Para todos hay lugar debajo del sol.

¿Por qué escribir? y ¿Para qué escribir? son dos preguntas distintas, que generan una tercer pregunta, compartida, ¿Sobre qué escribir? y a la hora de la verdad, ante el papel, confluyen en un punto común, tienen una pregunta en común: ¿Que escribir?, que genera en el cuerpo, ante la hoja en blanco, el escozor del encuentro con lo desconocido, cita a la que concurrimos con la ilusión de haber previsto algo más que el saludo, y comparo esta imagen con la llegada a una fiesta de la que solo sabemos la dirección y el nombre de la persona que nos invitó, o por qué no, con un encuentro íntimo a puertas cerradas con alguien a quien conocimos esa misma noche.

¿Que escribo?. No sé, voy tirando palabras, algunas al teclado y otras al descarte, y van saliendo ideas, en algunos casos sorprendentes. Al iniciar esta entrada, ni sospechaba de la última comparación. Fluye, algo fluye y va cayendo, sin un propósito previo, sin un contexto evidente, y cada tanto repaso a ver de dónde vengo y a donde voy, y hablo de las letras, y hablo de la vida también, donde la ilusión de haber previsto algo más se empeña en desvanecerse.

Escribo porque si, porque me gusta. Es, a priori, algo completamente innecesario, aunque no me gusta esa palabra, me suena mejor superfluo, tomándolo mas como algo opcional, algo que si quiero si y si no quiero no, algo a lo que nadie me obliga, algo que nadie puede exigirme. Hay, en este acto de escribir, una manifestación plena de mi libertad: escribo lo que quiero, porque quiero, como quiero, cuando quiero. (Bueno, me entusiasme, en realidad cuando quiero es cuando quiero y puedo, pero lo demás es así como lo dije). La cuestión de si es necesario lo que escribo es casi indiscutible. No es necesario. ¿Quien necesita lo que no conoce?. Quizás leas esto y encuentres una respuesta a alguna pregunta, quizás leas esto y encuentres algo que hacer durante el tiempo que le dedicás, digo, podes leer esto y suplir alguna carencia que tengas pero eso no convierte en necesario lo que escribo, sino en útil a tu necesidad. Puede ser que otro día quieras y/o desees volver sobre estas letras, y recién ahí, por excepción, podemos revisar este punto. .O que me convierta en pastor evangélico o sacerdote o gurú o en apóstol, y alguien precise mi palabra, pero eso tampoco es necesidad, sino marketing.

¿Para qué escribo? tiene en apariencia muchas respuestas distintas, pero creo que confluyen en una. Escribo para limpiarme. Es una especie de autoexorcismo, un ritual, por el cual expulso de mi mismo mis temores, mis demonios. Me sumerjo en mi oscuridad, me indago, hablo con los espejos, me escucho. Recuerdo un texto en especial, Desiderata, un verso ahora: Muchos temores nacen con la fatiga y la soledad, y al escribir dejo de estar solo, porque lo que lo que logro es un intercambio epistolar conmigo mismo, en términos psicoanalíticos quizás sea correcto decir que pongo en contacto a mi yo con mi súper-yo, pero lo cierto es que al darle existencia real a los fantasmas, puedo valorarlos en su justa medida, puedo desvestirlos, puedo amigarme con ellos y también puedo matarlos a voluntad.

Y sobre que escribo, es lo que menos me importa. Hay, en el acto de escribir, subyacentes, un conjunto de intenciones. Hay un afán de exhibir, de mostrar. Quien escribe sobre sí mismo, sobre sus vivencias, sus estados, sus emociones, se está paseando por un escaparate virtual. Quien escribe sobre sus ideas políticas busca difundirlas, quien escribe sobre sus gustos en la cama buscará partenaires, quien escribe chistes buscará sonrisas. Hay una búsqueda de reconocimiento, no necesariamente aplauso, pero sí de que el otro tome conciencia de que estamos aquí, igual que él, buscando afinidades. Por alguna razón, los ebrios quieren estar con los ebrios, los drogones con los drogones, los feligreses con los feligreses, y para no ser menos, los que disfrutamos, vivimos, entendemos esto, nos reunimos aquí.

miércoles, 25 de abril de 2012

Maquina de Narrar

Llevo un tiempo por estos lugares, con un nivel de dedicacion variable. Primero me puse a leer, con urgencia, luego me largue a escribir, luego me dedique a acumular blogs en mi lista de lectura, y finalmente, la situacion me desbordo.

No tengo tiempo de recorrer mi lista de lectura. En algun caso, me apure en declararme seguidor, y debiera sincerar y retirarme, en otro caso se me hace reiterativa la experiencia y pierdo interes, pero basicamente, lo que escasea es el tiempo.

Cuando hay una carencia acumulada, la disponibilidad nos hace precipitar, y nos tiramos de cabeza, sobre lo que sea, se me ocurre graficar con comida y carne, pero en este caso hablamos de escribir y de leer, luego el rio recuerda su cauce y la cosa tiende a normalizarse. Ya no leo a diario, ya no escribo a diario, sino cada tanto, porque algo me provoca o solo por el ejercicio. Quizas lo que preciso no lo estoy encontrando en este espacio. ¿Quien sabe?.

Como lo unico que parece ser irreversible es la muerte, elijo mantener mi blog abierto, aunque no tenga nada para decir, o no diga nada. No es que "me deba a mi publico" pero me gusta saber que alguien por ahi pueda complacerse en mi lectura, y sería algo perverso cerrarlo solo porque no tengo nada que agregar.

Y de repente, aparece un blog nuevo a la vista, y leo das un vistazo, es un blog joven, interesante. Me gusta leer cosas de las que pienso "esto podria haberlo dicho yo" o "esto parece dicho por mi", en un caso sintonizo el concepto y en el otro el continente, y de esto queria hablar. Tiene poca audiencia hoy, menos de la que creo que merece, y un poco por compartir la alegría del hallazgo y otro poco por aumentar las posibilidades de supervivencia evitando el desanimo de su creador -un poco de generosidad y un poco de egoismo- vengo hasta aqui solo para recomendarlo.

http://maquinadenarrar.blogspot.com.ar/

Aun no tiene un mes, por lo que están a tiempo de leerlo entero. Que lo disfruten.


martes, 24 de abril de 2012

Vaclav Havel


Vaclav Havel hizo demasiadas cosas como para intentar aquí una biografía o un resumen. Hombre integro, trabajador de la cultura, defensor de la libertad, de la vida y del individuo, podría compartir un podio imaginario con Nelson Mandela y Ernesto Sábato, y si no se conocieron e hicieron amigos habrá sido por falta de coincidencia en el tiempo y el espacio y no por falta de valores comunes.

Hoy  encontré en la recepción de mi último empleo, donde fui por unos trámites personales pendientes, un suplemento periodístico cuya nota de tapa era él. Como siempre, vuelvo a conjugar el verbo casualidad. Si hubiera ido ayer, quizás no hubiera estado ahí, si antes de mi hubiera pasado otro con el mismo interés que yo y la misma capacidad de apreciar su valor y rescatarlo de su destino de desperdicio, tampoco lo hubiera encontrado, y para peor, si no hubiera ido hoy quizás se hubiera convertido en papel descartado sin ser leído, recuperado de la basura por alguno de aquellos tantos para quienes el discurso presidencial de la redistribución de la riqueza y el coeficiente de Gini son entes aun más absurdos que los números complejos.

Supe tener en la escuela primaria, en 4° y en 6° grado, una maestra fuera de norma: Radojka Pleticosic de Vanti, una mujer checoeslovaca, cálida, inteligente, capaz de lidiar conmigo, que no era un alumno sencillo. Sabía cómo contenerme, supo cómo educarme. No es para cualquiera la bota de potro, pero ella supo calzarlas. Para hacer notar el contraste, tuve tres suspensiones escolares en 5° grado y una en 7°. Cuando mi desinterés en la clase se hacía evidente, lo que ocurría al poco tiempo de entender, lo que dicen que ocurría en mi caso demasiado pronto, me ponía a mirar diapositivas de distintos lugares -turísticos todos o en su gran mayoría- contra una de las ventanas del salón.

Era una persona excepcional, docente por vocación. Estaba al frente de un grado tan solo por su interés en hacerlo. Supe después que su marido era alguien importante en Bunge & Born, lo que explica la posibilidad del día que una vez por año pasábamos en el club de esta empresa, donde comienza Vicente Lopez por el bajo -hoy Carrefour-, y justifica la cantidad de viajes por el mundo que ella dio y yo pude recrear a través de celuloides de 35mm enmarcados.

Allá por 1991, tuvo la suerte el capricho de llevarme a conocer Japón, en un viaje de trabajo. Como parte de un contingente de argentinos, en una amplia mayoría movidos por la necesidad de ganar un dinero que parecía imposible aquí, y en mi caso no tanto por la necesidad como por el interés -por el dinero y por la oportunidad- acometimos la empresa. Otra vez la casualidad, combina a uno que por entonces ya era un ex novio de una de mis hermanas, hijo de japoneses radicados en argentina después de la guerra, con alguna frustración laboral y un ánimo inquieto, y nos deja en Mieken, cerca de Suzuka, para trabajar en una fábrica que contradecía por todos lados los aires de modernidad tecnológica que asociábamos con ese país.

La duración prevista de ese viaje era de un año, y al poco tiempo comenzamos a fantasear algunos con el pronto regreso, otros con el regreso a término con el dinero ahorrado (fuimos para allá a hacernos la América, si se me permite la metáfora a pesar del error geográfico) y algunos, o por lo menos yo, con la posibilidad de prolongar la estadía y recorrer el mundo con el ahorro adicional o volver luego a Japón por más dinero o cualquier otra combinación que cancele o postergue el regreso a Buenos Aires, que finalmente hicimos con mi hermano y compañero de aventuras antes de cumplir un trimestre en el archipiélago.

Recuerdo, en una de las tantas cartas que despachamos en esos días en que la palabra mail no existía e internet era aun un proyecto militar norteamericano, haber recordado por escrito un sueño que tuve, en el cual me casaba en Checoeslovaquia.

En aquel momento, primeros años luego de la caída del muro de Berlín, Europa del Este era aun una Europa preservada -sin querer pero preservada- por el comunismo de la avanzada de occidente y/o de la modernidad y/o de la globalización, eufemismos de la prepotencia cultural con que el capitalismo (mal menos norteamericano de lo que se piensa) simplifica por medio de la imposición y del marketing desde las maneras de vestirse, de comer y de divertirse hasta las escalas de valores.

Cuando debimos finalizar nuestra estadía en Japón, en forma precipitada, cierto grado de angustia nos hizo olvidar de aquel proyecto, que era más mío que de mi hermano, y volvimos a Ezeiza con la necesaria escala en Los Ángeles. Unos años después de aquel retorno, recordé a mi maestra. ¿Que sería de ella?, ¿estaría viva?; supe por la guía telefónica que el teléfono del que era su domicilio seguía estando a su nombre, por lo que era suficiente un mínimo esfuerzo para confirmar si estaba, si vivía, si me recordaba, visitarla, recordar juntos, darle las gracias. No sé porque, pero no hice el intento, y hoy que han pasado cerca de 40 años de aquella infancia, vuelvo a recordar, con un temor muy realista de que puede ser tarde para ese gesto, y vuelvo a decirme casi como una recriminación a mi mismo ¿por qué no lo hiciste cuando lo deseaste?.

Del mismo modo, pienso hoy en aquel lejano proyecto de conocer Europa, que el devenir de mi vida hace hoy más improbable, y que pude hacer cuando fui soltero y sin cargas de familia y tenía una espalda que podía descansar en un banco de plaza sin amanecer maltrecho y un estomago que no precisaba tantas caricias, y no busco hoy justificativos para no hacerlo hoy, sino que me digo a mi mismo una vez mas ¿aun no entendiste?, las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas, porque ni Europa es lo que era ni yo soy el que era, y el sueño del viaje que hoy decido que no hago no es ni siquiera parecido al recuerdo del sueño del viaje que no hice cuando lo tuve a tiro.

Para mas imposibles, Vaclav Havel asumió como presidente de Checoeslovaquia y entrego el poder como presidente de la Republica Checa, así que ya no están ni mi maestra ni mi sueño ni el país, y solo me queda el recuerdo en forma de lección, y una frase de Yukio Mishima, escritor de esos que no escriben por oficio sino por destino,  japonés –la casualidad parece ensañarse conmigo-, que encontré en el mismo suplemento, extraída de su libro Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, que me pego un cachetazo en la cara y me repiquetea en la cabeza desde entonces: “apostar con prudencia no tiene sentido”.

sábado, 21 de abril de 2012

Felicidades

Extraño sentir,
el deseo de tu piel sobre la mía,
tu respiración entrecortada,
tu corazón agitado en forma desprolija,
tus ojos en llamas,
y la anarquía hecha carne.

Conservo un recuerdo lejano
de cuando nada era importante,
y todo era parte del misterio
y los defectos nos parecían virtudes.

La felicidad siempre es posible,
y la intención sigue siendo la misma,
aun cuando los caminos se confundan,
y la noche sea cómplice del día,
repitiendo el despertar del sueño y la vigilia.

sábado, 14 de abril de 2012

Ser o Parecer

Las cosas son lo que son, y parecen lo que parecen. Puesto así, solamente he dicho una verdad de Perogrullo, como quien dice “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, una de esas frases tautológicamente ciertas, pero que dichas en el momento oportuno, con la entonación adecuada a la ocasión, nos hacen lucir frente al auditorio como si aportará algo la intervención.

Me acuerdo de pronto de un pequeño libro de Jezry Kosinsky -más cuento que novela- y de la película homónima, con un Peter Sellers impresionante. Si, hablo de Desde el Jardín, una parábola ejemplar sobre el ser y el parecer, donde –para quien no conozca- un jardinero con alguna debilidad intelectual impresiona y confunde a su accidental anfitrión, una de esas personas económicamente ricas y políticamente poderosas, de esas que les dan instrucciones a los presidentes, que lo auspicia y eleva a la categoría de notable, a partir de interpretar metafóricamente las tibias explicaciones técnicas de su huésped sobre el trabajo que realiza en los jardines.

Cuando queremos que algo sea, es suficiente con que parezca. Un colega de profesión, Daniel Piorún, dejó en un libro técnico de su autoría el siguiente epígrafe, que me gusta repetir: cuando tenemos un martillo, todos los problemas parecen clavos, que es otra forma de decir que queremos que las cosas sean de la manera que nos cierra, queremos que las soluciones sean las que sabemos encontrar, queremos que las explicaciones sean las que nos permiten despejar las dudas, sin importar realmente si entendimos bien o mal.

¿Cuál es la diferencia entre ser o parecer?. Un famoso, famosísimo general dejó una frase como la primera que cité, “la única verdad es la realidad”, otra tautología, otra perogrullada mas, que no sé en qué contexto fue dicha inicialmente, pero en caso de duda la pronunciamos argumentando a favor de nuestra idea, y ahora ¿quien lo discute?.

Yo. La frase no es una tautología, sino todo lo contrario. La frase no puede ser cierta. La verdad es la realidad, pero no es la única verdad, porque hay tantas verdades como realidades, y realidades hay muchas. Las cosas son como son –Perogrullo a full hoy-, pero ¿cómo son?. Son como mis sentidos las sienten, como mis prejuicios y mis credos las procesan, como mi historia las condimenta, y entonces no son, no pueden ser iguales para mí y para otro.

Vuelvo a pensar entonces en que las cosas son como me parece que son, y otro dirá o pensará que para él son como le parece a él que son, y ambos podemos estar de común acuerdo en ese punto, siempre que no intentemos comparar nuestros pareceres. Un gesto, una mirada, una caricia: ¿cuanto tienen en común entre una persona y otra?. El saludo que te doy a vos y el saludo que recibís de mi ¿son la misma cosa?. Moriremos con la duda.

Más temprano comparaba la relación ser-parecer con la relación querer-desear. La diferencia entre ser y parecer es nuestro trabajo intelectual. Desde un punto de vista objetivo al extremo, el ser es lo real, y el parecer es lo que entendimos nosotros. Ese entendimiento es la parte intelectual, la que presencia la realidad y la incorpora en forma incompleta, inexacta, tendenciosa. Del mismo modo, nos confundimos entre los verbos querer y desear, que no son sinónimos aunque lo parezcan, y al igual que en el par anterior, difieren en la intervención intelectual. Al decir querer, involucramos la voluntad, y la voluntad surge de la razón. En el principio, en la base, está el deseo, puro, en bruto, sin pulir, sin filtrar. Después elaboramos la idea. El deseo es lo que es, el deseo es lo real, le aplicamos el barniz intelectual, y luego queremos lo que nos parece que deseamos.

¿Y cómo distinguimos entonces lo que es de lo que parece?
¿Y cómo distinguimos entonces lo que queremos de lo que deseamos?

No sé. A veces me parece que distingo. Al fin y al cabo … ¿qué importa?

martes, 10 de abril de 2012

Escalones

Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, a cada llamamiento,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.

Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.

Aun la hora de la muerte acaso nos coloque
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros...
¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete estás curado!

Herman Hesse

lunes, 9 de abril de 2012

¿entendido?

No creo que entiendas lo que quiero decir hoy. Por mi parte, no está claro ni siquiera por que me siento frente al teclado a escribir. No tengo un tema, no tengo una frase, no tengo nada que justifique que alguien se detenga frente a esto que digo hoy.

Tan solo escribir, escribir. Tengo mil cosas que hacer, de las que no deseo hacer ninguna, y la que si siento que deseo hacer ahora ... languidece por falta de una idea que la alimente, y la otra que siento que deseo hacer, debe esperar aun, un poco más. Como quien sale a caminar sin saber ni donde ni para que, sin ni siquiera la expectativa de que el camino le presente en algún lado la justificación del acto, así me senté a escribir, confiando en que el avance de las letras se mantenga, pero sin mayor confianza en que aparezca la idea cuya ausencia -lamento desilusionar a los optimistas- aun no aparece. Escribo porque si. Podría dormir una siesta, pero tampoco tengo ganas de hacerlo, aun cuando cierta pereza parece indicarme que quedarme dormido en un sillón es una empresa completamente factible.

Quiero hacer algo de lo que tenga ganas. Vengo -me levanté un minuto y se ve que la circulación sanguínea algo aporta- de poner a calentar agua para el mate en la pava eléctrica, con regulador de temperatura. En el camino pensaba que podría dejar de escribir y ponerme a terminar un espejo, una pequeña artesanía, a la que solo le falta el último paso, pero eso supondría dejar de escribir, que es algo que me gusta hacer y que ya estaba haciendo. Esperará el espejo otra oportunidad, ya que en esa ida y vuelta hasta la pava apareció el tema.

Un gran hallazgo la pava. Tiene una perilla que permite indicar el punto de corte, para que el agua quede a la temperatura que tiene que quedar. Inicialmente le apuntamos al final de la letra E de la palabra MATE, y a medida que va acumulando sarro en el fondo metálico le damos un poco más al termostato, porque si no deja el agua un poco más fría de lo que me gusta. Cada tanto la limpiamos con vinagre, para quitar el sarro que se adhiere en un proceso gradual y continuo, una suciedad que se acumula sin que nos demos cuenta como, y al final degrada las cosas. Surgió de un regalo, luego de una seguidilla de veces en que el agua se reiteraba en el hervor cuando la olvidaba -proceso que en casa se menciona como "hacer una nube"-, y mis lamentos al aire al respecto inspiraron la elección, porque para hacer té o café el agua debe hervir, y si me la olvido tan solo agrego un poco, pero con el mate, si te pasas, tenés que andar agregando agua fría o cambiándola.

Justo hace un rato encontraba y compartía en Facebook (tengo muchos costados, también el cholulo) un texto de Neruda, que para quien lo conozca le alcanzara con esto "Muere lentamente quien ... no arriesga lo cierto por lo incierto, ..." y para quien no lo conozca la foto al pie o Google, y en ese ir y sencillamente poner la pava con la certeza de que el agua estará como me gusta.


Cuidado con la costumbre, que suaviza los matices, disimula las aristas, esconde los pliegues. Nos vamos repitiendo en los mismos caminos, a fuerza de reiterarlos nos hacemos familiares de los errores, regresamos y regresamos a donde ya estuvimos, asidos a un recuerdo de lo que fue, para volver a ver lo que ya cambió y no está más, para terminar lo que quedo inconcluso, sujetos a una obligación de completar, como si la condición natural del vaso sea estar lleno.

Bienvenida la incertidumbre.
Bienvenido lo desconocido.
Bienvenido el riesgo.
Bienvenida la vida.

Es curioso, como la vida va sembrando y plantando en cada uno, dejando semillas y rastros sobre nosotros, sin saber como ni para que. Recuerdo ahora un poema de Herman Hesse, con el que un ex-compañero de trabajo se despidió cuando dejó la empresa, que viene al caso y publicaré otro día, demasiado hermoso para perderlo al final de este post.

sábado, 7 de abril de 2012

Problema y Caos

Podría decir que cada tanto me asalta una idea, lo cual sería bastante cierto, aun cuando la imprecisa expresión "cada tanto" esconde que las ideas, -mis ideas, que son todo lo que soy- me tienen a su merced, y se suceden, incansables, una tras otra, desde que me despierto hasta que me duermo, y no siempre menos oníricas que las que se asoman en mis sueños cuando la razón descansa. No dejo de pensar, no en el sentido del pensamiento analítico, no en el sentido de la razón aplicada, sino pensar dicho como metáfora de la sucesión de ideas y palabras, de imágenes, a veces geométricas, muchas veces lógicas, y muchas veces absurdas, que se me presentan en una secuencia que no puedo prever ni gobernar. Podría decir que en mi reina la anarquía, pero la anarquía no reina, y aunque yo no lo deduzca hay un orden, y el orden supone reglas, y las reglas, nos gusten o no, asi como elevan al azar a la categoría de ciencia -la estadística-, del mismo modo convierten a la anarquía en una disciplina apta para la aproximación metodológica, metódica y lógica, el caos,

Bienvenido sea el caos. Entre tantas cosas, se me apareció un verso hoy, que atribui a la Madre Teresa de Calcuta, con el que mis neuronas se alinearon para darle vida a este post. Gracias a Internet, esta version moderna de Alejandría, esta materialización de la biblioteca de Babel soñada por Borges, y a Google, que no sería otro que el bibliotecario, pude rescatar el poema en un instante:

LA VIDA ES UNA OPORTUNIDAD, aprovéchala
LA VIDA ES BELLEZA, admírala.
LA VIDA ES BIENAVENTURANZA, saboréala.
LA VIDA ES UN SUEÑO, hazlo realidad.
LA VIDA ES UN DESAFIO, enfréntalo.
LA VIDA ES UN DEBER, cúmplelo.
LA VIDA ES UN JUEGO, juégalo.
LA VIDA ES UN TESORO, cuídalo.
LA VIDA ES UNA RIQUEZA, consérvala.
LA VIDA ES AMOR, gózalo.
LA VIDA ES UN MISTERIO, descúbrelo.
LA VIDA ES UNA PROMESA, realízala.
LA VIDA ES TRISTEZA, supérala.
LA VIDA ES UN HIMNO, cántalo
LA VIDA ES UNA LUCHA, acéptala.
LA VIDA ES UNA AVENTURA, arriésgate.
LA VIDA ES FELICIDAD, merécela.
LA VIDA ES VIDA, defiéndela.

Mi memoria no es buena. Recordaba un poema más breve. En teoría de conjuntos, aprendí el concepto de definición por extensión y por comprensión, y la diferencia entre detallar y definir. La definición es implícita, incluye todos los resultados posibles, en tanto que el detalle, por ser expuesto, deja a la vista lo que está y lo que no. A veces elijo un camino, a veces otro, según lo que quiera decir. Hay que tener cuidado, porque la misma palabra puede representar algo distinto para quien la pronuncia y quien la escucha. El gran riesgo de la definicion por comprension, mi preferida, es que quien escribe la fórmula y quien la interpreta deben estar en sintonía, para disminuir el riesgo de deformación de la idea. La función de los ejemplos es ayudar al receptor a decodificar correctamente la intención.

Releyendo el poema, encuentro dos versos que faltan, o que yo hubiera incluído, y que quizás puedan ser la definición por comprensión o parte de la definición por comprensión de las palabras de la santa, y sus versos, ejemplos de lo que se debe deducir de lo que digo aquí:

LA VIDA ES UN PROBLEMA, resuélvelo.
LA VIDA ES UN CAOS, entrégate.

Siempre y cuando el poema citado no sea una definición por comprensión, en cuyo caso lo mío puede ser considerado un par de ejemplos de dudosa necesidad, o algo muy parecido a la insolencia, o las dos cosas al tiempo.

jueves, 5 de abril de 2012

Años atras,


tomar tu mano, robarte un beso,
sin forzar un momento


Es peligroso el juego, por eso hay que jugarlo. Quizás tampoco sea un juego. Se reiteran los días y los momentos, se reiteran las posibilidades, y ahí estoy, predispuesto, bien dispuesto, haciendo mi papel. Como sin saber porque, fingiendo que las casualidades existen, como si fuera lo mismo que si y que no, sobrevuelo como el águila, silencioso, tratando de que mis ojos encuentren lo que buscan. No sé quién es el cazador y quien la presa, quien atrae y quien se acerca. No sé si soy Ícaro en busca del sol, o la llama que atrae a la polilla, o soy tanto lo uno como lo otro.

Tal vez haya un gran titiritero manejando todo, y soy solo una marioneta, un torpe muñeco de madera deseando ser carne con alma. De a ratos me distraigo pensando así, pero en general no es tanto lo que lo creo como lo que lo repito. Hago. Acometo la acción aunque me cuesta hacerme cargo de la consecuencia de mi acto, y disocio la voz que me devuelve el eco del grito que profiero, como si no supiera de donde viene, como si la luz que irradio y se refleja cerca mi de mi no naciera de mi mismo.

Vuela en el aire algo difícil de bajar a palabras. ¿Con que voz nombro lo que no entiendo?, con que combinación de letras y silabas, con que oración podrè dejar por escrito lo que pienso, si ni siquiera lo abarco. Un esfuerzo casi inútil, tratar de condensar en un par de párrafos algo que al leerlo me recuerde lo que quise decir, y confiar en que quien encuentre el mensaje lo reciba, lo interprete, y en ese proceso de decodificar perciba la intención con que lo lancè.


jueves, 29 de marzo de 2012

Fidel Castro

Estas viejo, Fidel.

Vi la foto de Fidel Castro hoy, tapa de los diarios. Mal que le pese a la CIA, aun esta vivo, salvo que querramos creer en que la conspiracion mundial para negar su muerte cuenta con no solo con el testimonio de Hugo Chavez, que ya sabemos que miente, sino con el de Benedicto XVI, que como todos sabemos, no solo no miente, sino que ademas es infalible en cuestiones de la fe.

Dos ancianos. 85 y 86 años de edad, no se cuantos cada uno. Con esa impunidad que da saber que queda poco resto, y cierta chochera a la vista, la desatinada e importuna pregunta de Fidel: ¿que hace un Papa?, como si la pregunta hiciera falta, como si no estuviera claro y fuera de discusion que es lo que hace y lo necesario que es lo que hace. ¿O alguien tiene dudas?. Ojo, que viene la inquisicion y los excomulga, o en su defecto viene inmigracion y los deporta, o viene el cuco y los asusta, o el hombre de la bolsa y se los lleva.

Hasta ahi fue la primera reaccion. Despues, segui pensando, que cosa la edad, como cuando la Chiqui-Mirta Legrand-la señora de los almuerzos le pregunto a la ex-amigovia o ex-follamiga relativamente joven de un multimillonario si el costosisimo anillo regalado por el señor al que acompaño y que lucia con orgullo "lo habia ganado con dignidad". Hay preguntas que no se deben hacer, porque el preguntado no las puede responder, y no es cuestion de incomodarlo.

Segun el diario La Nacion, que tampoco miente, el vocero vaticano dio la siguiente version:"El Santo Padre le explicó que está al servicio de los pueblos que visita en los diversos viajes y al servicio de la Iglesia Universal".


Claro, ahora me cierra todo. Benedicto esta al servicio de la Iglesia Universal, sobre la cual ya hable y seguire hablando, un multimedios, un conglomerado de empresas con origen en Brasil (¿querran ser la iglesia mais grande do mundo quizas?), propiedad de un multimillonario que ya paró de sufrir, que ha reconvertido todos los cines de barrio en cenaculos, que tiene una liturgia rotativa como los juguetes de la cajita feliz de Mc Donalds, que de todas las partes de la biblia rescata especialmente la del diezmo, un shopping de la fe, con soluciones para todos los gustos.

Esta es la "Iglesia Universal del Reino de Dios" al servicio de la cual nos acaba de sincerar el vaticano se encuentra el Papa, y entonces uno entiende todo, el pasado filo nazi, la proteccion a los abusadores sexuales, la condena al condón y su consecuencia, el destierro de los portadores de HIV al leprosario o al reino de la castidad, el estigma sobre los divorciados, la reinvindicacion del lavarropas como el mayor aporte de la historia a la liberacion femenina, y otras opiniones asi de explicitas sobre el amor a dios por sobre todas las cosas y al projimo como a si mismo.

Me corrijo, Fidel, no estas viejo, estas grande.

martes, 20 de marzo de 2012

Las flechas

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.


Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.


Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


La de la vida,

Allá, en algún momento del invierno de 1963, me convertí en flecha. Desde un casal que parecía una fuente inagotable, salieron millones de saetas –me gusta la palabra- entre las que estuve yo. No sé si fui la mejor o la más fuerte o la más hábil o la más rápida o la más longeva, pero ahí estaba yo atravesando el aire, en un vuelo que supo ser triunfal, inconscientemente confiado a la suerte de encontrar la hendija por donde vencer al escudo y tomar la fortaleza. Quiso el azar o el destino vestirme de peón coronado y regalarme el mundo, incluyendo una fugaz estadía en el paraíso, bajo la luz de un ombligo que hacía de sol.

La del amor,

Más adelante, comenzó un ejercicio que presagiaba la metamorfosis, aunque no fue tampoco en ese momento que entendí el peligro permanente en el que vivo. En aquel tiempo, en la era de Cupido, creía en la ilusión de que el cambio de forma era decisión mía, y respondiendo a un mandato que excede en mucho la combinación de instintos y necesidades con el que la zoología lo confunde, me hice blanco y cerré los ojos y abrí mis brazos cuanto pude, ofreciendo mi corazón vulnerable, y me hice flecha y tensé la cuerda del arco una y mil veces hasta lograr hacer centro, y jugué a ese juego de roles por el cual todos somos causa y casualidad hasta que la intuición de Dios se hace manifiesta en forma de amor reciproco.

La de la muerte,

Nacemos, vemos nacer a otros, nos casamos, tenemos hijos nosotros y nuestros hermanos y nuestros amigos y todo marcha bien. Cada tanto suena por ahí un ¿supiste lo de …? pero son cosas que nos llegan de lejos, y nos distraemos en la alegría de atender y compartir con los vivos, hasta que un día aparece una segunda generación por debajo, y alguien sale a festejar voceando “voy a ser abuelo” y claro si ya tiene cuantos años, o como si es tan joven, y en un momento como ese alzamos la vista, y vemos que San Pedro ha seguido trabajando, y hacia arriba tenemos una generación menos que hacia abajo, y ya no tenemos abuelos y tíos abuelos, y se va diezmando la fila de nuestros padres, y vamos entendiendo que, queramos o no, siguen lloviendo las flechas, y en cualquier momento nos toca a nosotros poner cara de valientes y jugar a ser soldados de infantería -si tenemos suerte en la primera fila-, cumpliendo nuestra función de blancos descartables para proteger a los de atrás, porque llegamos después de nuestros padres y debemos irnos antes de nuestros hijos.

Noche

Crepúsculos del descanso,
prólogo y epílogo,
donde la razón y la voluntad se callan,
y el músculo desobedece la inercia y la cordura.

Son esas horas,
entre sueños fugaces,
donde tu amor aun es posible.

Este es el momento,
en que mi voz se hace verso sobre ti,
y tu cuerpo se hace mar y se hace orilla,
y mis manos son jinetes en tus médanos,
y el pulpo y la medusa se cortejan,
y las olas impacientes y erráticas
se reiteran haciéndose espuma en tu arena,
indiferentes a lo que diga el universo
y atentas al capricho de la marea.

jueves, 15 de marzo de 2012

La cordura

Quise hablar de esto antes de que me olvide lo que quería decir -el proceso de evaporación de ideas es incesante e inclemente- y lo que degustaba anoche leyendo a Cortázar, más o menos digerido, vuelve en este regurgitar, que intento sentado en la mesa del comedor, acompañado de mis hijos menores que se han levantado hace un rato, con la inercia del horario del colegio al cual hoy no asisten por que el incansable San Pedro decidió apuntarle al corazón de Edith, la portera.

Mientras ellos dibujan o afilan lápices o alimentan al gato del que me tienta enviudar porque está calmando sus ansias infantiles lastimando con sus uñas algunos sillones maltrechos pero sin recambio a la vista, tomo un mate cada tanto, con cierto temor de que la vorágine del día me arranque de la silla antes de llegar a desagotar las ideas y palabras que merodean por ahí, sabiendo ellas que no hay lugar para todas en lo que dejo por escrito y entonces se arremolinan diciendo yo yo yo como -y es real la metáfora- la vida se les fuera en salir en esta foto.

Leí un rato largo anoche, especialmente atraído por el tema del capítulo en cuestión, donde Don Julio -ya casi me siento un conocido- habla de la cordura, de los locos, los piantados y los idos. Hace una disección del término, cuenta un par de anécdotas, plantea una distinción entre locos y piantados, y una crítica a los cuerdos con la que con perdón de la rima, concuerdo.

La cordura. Que virtud nefasta. Imaginemos un mundo poblado de gente cuerda. Todo en orden, todo a tiempo, todo como es debido. Ni muy frio ni muy caliente, justo de sal. Donde todo parezca predecible. El paraíso de la rutina. Plan, ejecución, resultado. En un mundo de cuerdos, Cristóbal Colón no hubiera venido a América. Las pirámides y la esfinge y el partenón y la acrópolis no hubieran sido construidas. Y de ahí para acá, anda y seguí tachando, que de la historia universal solo nos quedarían las grandes obras de los cuerdos: las guerras.

El arte en general, o la expresión creativa, para hacerlo más general y menos estricto, no son de los cuerdos. Los cuerdos pueden ver y mirar y oír y escuchar y leer y apreciar sinceramente, pero hace falta una pizca de locura al menos para hacer algo innecesario, o mejor dicho, convertir en necesario para el creador materializar y hacer existente algo que, de no haber, no sería echado de menos por nadie más que por él.

Aquí estoy yo, parte de este ecosistema virtual. Tómenlo como un elogio, el solo hecho de que estén por aquí, viendo y tratando de entender que bicho me pico hoy, los devalúa en "el cuerdómetro", y si de casualidad comparten la afición por escribir el autoelogio los abarca: la devaluación está descontada, como tituló Clarín citando a Duhalde, haciéndose el inocente que no sabe que se beneficiará en forma dramática de ese hecho.

Me resisto a creer que la vida sea nacer, crecer, reproducirse y morir. También me resisto a creer que la vida sea nacer, estudiar, trabajar, acumular, jubilarse, gastar y morir. Este mísero argumento me aterra. Por favor, necesito algo más que la combinación de esas dos listas de verbos.

No soy el primero en pensar así, ni el último. Milito en La Resistencia, por definición. Sea cual sea la corriente, la moda, la tendencia, tan pronto la detecto me resisto, solo por resistir. Quizás este siguiendo, sin saberlo, la moda de resistir, pero en este caso mas que un seguidor o un adherente soy un partícipe.

Hace miles y miles de años, ya existían el vino y la cerveza. Es indudable la necesidad del género humano de "descuerdarse", porque es demasiada casualidad que todas las etnias, desparramadas e inconexas en el globo terráqueo, coincidan en el hallazgo de fermentar vegetales para obtener alcohol y en la costumbre de celebrar fiestas y –usando una expresión de los cuerdos- cometer excesos.

Me viene a la cabeza Tiempos Modernos, de Chaplin. ¿Cine infantil?. Hay una escena ¿graciosa? en la que se ve a un grupo de gente que pugna afanosa por entrar (me permito distraerme comparando esa imagen con lo que decía sobre las ideas y las palabras y este texto y vuelvo) decía gente que se esfuerza por entrar en la boca del subterráneo para llegar a tiempo a un empleo y en un instante se convierten en ovejas y JA, JA, JA, ahora esta era la imagen graciosa, y aquí tenemos la vida de los cuerdos, o mejor dicho, la vida que los cuerdos que gobiernan nos proponen, y entonces que alguien ayer a la tarde haya decidido dejarse caer debajo de un tren en la estación Ángel Gallardo no es tan incomprensible, y me da mucha más lastima que la suerte de esta señora escuchar a un montón de gente cuerda renegar de la inoportunidad de los débiles, preguntando a qué hora se normaliza el servicio y refunfuñando porque ahora no saben cómo llegar a destino.

Tenía en algún tiempo un amigo de la calle, de quien aprendí la frase “Los niños y los locos son los únicos que dicen la verdad, por eso a los locos se los encierra y a los niños se los educa”. La repetía con cualquier pretexto, en esa época en que valorábamos la locura y la creatividad pero creíamos necesarios los atajos. Yo creo hoy que la locura infantil es la condición natural del género humano, el resto es lastre, y comienzo a sospechar o darme cuenta del porque de la especial conexión de los abuelos con los nietos, esa capacidad de postergar la cordura y sus urgencias y entregarse a los juegos y los dislates, y si nos lleva una vida descartar todo lo que nos explicaron y pusieron en la mochila los catequistas y los maestros y los jefes y los gurúes, que bueno es darse cuenta a tiempo, o por lo menos, antes de haberlo perdido del todo.

No creo que mis palabras tengan tanta repercusión como la frase que cité. Me gusta repetir y decirme a mí mismo también “El problema no es estar loco, el problema es que no te encierren”. Acuñé la expresión en honor a no-importa-quien y la difundo convencido, mientras miro por la ventana a “el terror del parrillero”, que no es otro que el garófalo, un animal con cuerpo de ballena y cinco millones de alas del tamaño de las de las abejas, que merodea las parrillas y con su cola que termina en punta roba carne cuando el asador se distrae, fábula que inicialmente creé para mi hijo varón y finalmente construí, porque si el movimiento se demuestra andando, la locura debe demostrarse de algún modo también.


Bueno, creo que lo logré. No sé cuál de las ideas previas quedó en el tintero, y alguna que otra se coló por ahí. Casi dos horas después terminó de hacer lo que quería, escribir, no me animo a decir escribir lo que quería por razones obvias que por las dudas aclaro: no recuerdo que quería escribir. Dos horas menos buscando un nuevo empleo (si me dicen irresponsable agradeceré el elogio), dos horas permitiendo que los peques hagan y deshagan sobre la mesa que compartimos que por suerte es grande, donde quedaron -corro la tapa de la notebook para empezar a dar la lista y me saluda el desánimo- aparte del mate y el termo, marcadores, plasticola, cinta scotch, dos tijeras, una caja de zapatos que guarda lápices, un tubo de papas Lays que guardará nuevamente los marcadores cuando los levante de la misma mesa y algún otro lugar de la casa, un pote con plastilinas, un juego de imanes mío con el que juegan ellos (hay alguna menos de las 216 esferas imantadas iniciales), un aparatito para perforar hojas con forma de pisada de perro, un cuaderno de uso múltiple, la caja de una película, el trapito que usa Mía para dormir, una tempera vacía, la caja de otra película que están viendo ahora, servilletas de papel, la lista de compras para el supermercado y una birome, otra tijera más, un par de libros de pintar (que ya no sé si los había nombrado) y creo que basta ya, si falta algo fue sin intención.

martes, 13 de marzo de 2012

10:34

10:38
Acabo de borrar lo poco que habia escrito.

Vuelvo a empezar.
Paso por acá para decirte que ¡Te amo!.

Lo demás,
que no me sale como quiero,
son palabras que sirven solo para decorar.

Te amo,
y no me importa mas nada,
y no quiero otra cosa mas que amarte.

Vendrán tiempos mejores,
saldrá de nuevo el sol,
y el dolor se hará ausencia,
y se volverá orgullo,
y los recuerdos alegres
anestesiaran las astillas,

y la vida,
la que sigue,
la que empieza hoy, ahora,
esa deberá ser mejor,
tiene todo lo que hace falta para eso,
incluyendo las dolorosas lecciones,
y estarè contigo para ayudarte,
y sacarle provecho.

Anoche,
con los peques en la cama,
escuchando sus chistes,
anoche fui feliz,
y vi la alegria en tu cara,
y fui mas feliz aun,
y me dolio tu dolor despues,
pero me hizo feliz,
sentirme necesario en tu vida,
haber estado a tu lado,
cuando precisaste consuelo.

Te amo,
estoy contigo,
nunca lo olvides.

lunes, 12 de marzo de 2012

Empezar

Empezar, y empezar,
y volver a empezar,
sin haber terminado aun,
dejo los intentos por la mitad,
tengo una idea aun mejor,
y la otra no avanzaba,
y quizas esta si, esta sea,
o tal vez no,
tal vez la proxima,
o esa otra que deje hace un tiempo,
hoy me parece mejor,
o el recuerdo era mejor,
por que no la encuentro,
traspapelada tras otras,
aparecerá algún dia.

De todos los rostros del amor,
de todas las maneras de entenderlo,
de decirlo y demostrarlo,
no encuentro un camino en las palabras.

Probaré los gestos,
en silencio,
acompañar tus horas,
atender tus necesidades,
espantar tus temores.

No hay caso,
las palabras no estan de mi lado hoy,
queria decirte lo que ya sabes,
de una manera mejor que la anterior,
pero no,
asi que solo dejaré un,
muy poco original,

¡Te amo!

Y ya volverá la poesía.

Me duele

Me duele
la paz de las encías,
memoriosas del arco iris.

Me duele
la garganta silenciosa,
agonizando seca de sangre.

Me duele,
la almohada cómplice,
de promesas y urgencias rotas.

Me duele,
que el amor sea una idea,
bañada en lágrimas de miel amarga.

viernes, 9 de marzo de 2012

No hay

No hay un lugar que no quiera ver contigo,
no hay una noche en que estés de más,
no hay un día en que no te precise,
ni hay un momento en que no te piense.

Conozco todos tus lugares,
y los repito,
y perdi un poco la capacidad,
de inventar una rutina.

Me gusta,
todo,
de vos.

martes, 6 de marzo de 2012

Febrero terminó

Febrero terminó.

Ningún día de la vida está de más, pero hay algunos de los que la justificación aparece escondida, encerrada bajo siete llaves. No sé, de ningún modo, cuantas son las noches que me tocaron en el reparto, pero cuando suena la retreta y me rindo ante la almohada, un fantasma personal pasa revista, y me mueve a preguntarme, a veces cómplice pero en general molestamente inquisidor, que obtuve a cambio de las veinticuatro horas que me debitaron del saldo.

No estoy del todo satisfecho con los últimos resultados. Tuvimos un mes bisiesto este año, pero aun escapa a mi entendimiento si el vigésimo noveno fue un día de yapa o un adicional imprevisto en la factura. En el esfuerzo del recuento no sé si la memoria no quiere ayudarme, o se contagio de la tarde oscura que sucedió a la tormenta de verano al mediodía, pero miro hacia atrás y veo lo que dejó el mes como lejanos restos fósiles en un televisor viejo, con lluvia y fantasmas, donde lo que no es gris es negro.

Un tipo de Tauro -no creo en estas cosas, pero tampoco reviento- amante de lo sólido y lo concreto, palabras puestas aquí como metáfora de obra y creación. Me gusta hacer, y tengo mala memoria, entonces hago listas de las cosas que me digo y me miento que tengo que hacer, porque al elegir el verbo tener le estoy dando un tinte de obligatoriedad que no es necesariamente cierto. Podría haber elegido decir quiero, o deseo, o preciso, o algún otro que en este momento no aparece, y ninguno sería exacto, creo que no hay un término tan versátil. ¿Que tiene que ver sacar unas sosas tradescantias verde liso que crecen e invaden y albergan mosquitos y ya me aburrieron con hacer la denuncia de venta de un auto que el comprador no transfiere o plastificar los pisos de los dormitorios de la planta baja o ... en total conté 80 "diligencias" pendientes si se me permite la palabra como expresión abarcadora del conjunto, en las que no incluyo la lista de detalles a reparar en mi fiel pero no confiable Renault 11 '87 ni tampoco algunos otros temas mayores que por ahora mantenemos en Say No More.

Me recuerdo a mi mismo haciendo listas poco menos que desde que vivo en esta casa, con la que a pesar de decirme su dueño tengo pendiente una discusión sobre quien le pertenece a quien, ya que a veces siento que ella tiene una vida independiente y la mía le pertenece. Allá por el lejano siglo XX, las listas eran en papel, lista tras lista, y como manda la ecuación, se traspapelaban. Cada tanto las rehacía, cada tanto encontraba alguna anterior y hacía el curioso ejercicio de ver como algunas cosas reencarnaron de lista en lista, con o sin mutaciones, otras se cumplieron, muchas, pero muchas, perdieron su oportunidad y cayeron en un olvido profundo, del que no las sacó ni siquiera el hallazgo de la hoja en el fondo de un cajón a la hora de mover un mueble. Hace no mucho tiempo, comencé a ponerle fecha a las listas, y a partir de entonces fue quedando más en evidencia la poca utilidad del método para la función: si hay algo que digamos que quiero hacer hace dos años y aun no lo hice, ... ¿de qué me sirve el recordatorio?.

Tema de discusión quizás, la costumbre de hacer listas para acordarme de las cosas pendientes. ¿Y si me olvido qué?. A la larga, si lo quería hacer y no lo hice, si lo tenía que hacer y no lo hice tampoco, debo dudar del deseo y de la obligación. ¿Realmente las quiero?. ¿Me estoy distrayendo detrás de ellas?. ¿Si no está en la lista, no es necesario?. ¿Es real que los deseos debo anotarlos para no olvidarlos?. Tomo esta costumbre de las listas sin tanto cuestionamiento. Me gusta hacer listas, y punto. Me gusta ver listas con cosas tachadas. A veces agrego en la lista cosas que estoy por hacer, y alguna vez agregué cosas ya hechas, solo por el gusto de tacharlas acto seguido, y ver que taché, y cuanto más taché más hice. Cuestión que pasó febrero, y me cuesta distinguir, entre las cosas tachadas, cuales taché cuando, pero taché pocas estas últimas semanas.

Hay millones de blogs. Hay millones de cosas para leer. Y para hacer. Y tan poco tiempo. Apenas tenemos una vida. Digamos que en este bingo virtual que es la blogósfera, estuvieron saliendo los números de mi cartón, durante un período en que estuve ausente o lejano. Sé que será difícil que recupere el atraso, mejor dicho imposible volver sobre las huellas de los pasos que haya dado cada una de las voces que escucho. No sé cuantas cosas me perdí. Entre cosas de relleno y otras quien sabe, seguro, pero seguro, que alguien habrá escrito algunos versos de esos que justifican la labor del buscador de pepitas de oro. Entre las ochenta diligencias, no incluí "leer los blogs que sigo". ¿Por qué será que me cuesta agarrar un blog y leerlo para atrás?. Salvo excepciones puntuales, nunca conoceré las palabras que me perdí, y si como decía antes soy las ideas y las voces que de algún modo sedimentaron en mi, bueno, seré distinto de lo que habría sido.

Me hace unos juegos de espejo la memoria, y de pronto me encuentro frente a mí mismo, cuestionándome esta sensación de no haber usado mi tiempo de un modo eficiente, de que me alcanzó para algunas cuantas cosas pero no para todas, y claro, queda claro que algunas cosas quedaron pospuestas por otras. Un relato imparcial dice que empezamos febrero despidiendo en Ezeiza a una hija adolescente afortunada, en el que hasta ahora fue el viaje más importante de su vida, busqué trabajo, planifiqué vacaciones, despedí a un ser querido hacia el otro viaje, nos fuimos de vacaciones –por los peques-, volvimos, volvió mi hija, nos aprontamos para el inicio de clases (primer grado y sala de tres), y entre todo eso, que no es poco, la noticia devastadora y el dolor de mi amada y los deseos y las urgencias a la mierda, que hay lágrimas cayendo y no puedo, de ningún modo, ausentarme de ella, y todo lo que parecía importante y todo lo que parecía urgente y todo lo que parecía necesario cobra una dimensión tan estúpidamente pequeña.

Me cuestiono más que nunca la costumbre. Erijo yo mismo la tarima a la cual subo la lista para que me mire como una margarita acusadora diciendo me tacha, no me tacha, me tacha, no me tacha, como si la vida se me fuera en hacer esto o lo otro, y me respondo sacando de contexto unos versos sencillos de Jorge Drexler:
Quien no lo sepa ya
lo aprenderá de prisa:
la vida no para,
no espera, no avisa.
Tantos planes, tantos planes
vueltos espuma...

viernes, 2 de marzo de 2012

Flores y puñales

Dejame esconder la mano,
y finge sorpresa cuando veas las flores.

El puñal no lo preciso,
puedo cortar venas con una rosa.

Eureka

Nota Bene:
Salvo grandes errores, no acostumbro retocar lo escrito, pero necesité esta excepción.
Releyendo el post original (Sedimentos) noté que estaba demasiado lejos de donde lo quería llevar.

-.-

Por un momento me pregunto: ¿que soy?.

La pregunta es mínima, vaga, imprecisa. No está muy claro que es lo que uno se pregunta, ni mucho menos la respuesta. No podría darla. Ninguna colección de sustantivos y adjetivos podría abarcar todo. Y probablemente, si respondo y enumero, caiga en la trampa de decir que soy mi pasado, porque lo que soy es ahora, ya, lo demás lo fui o lo seré.

Entonces, soy durante un segundo, un arsenal de recuerdos y vivencias, de conocimientos e ignorancias, y soy también uno o más planes, soy todos mis proyectos, no necesariamente congruentes entre sí.

Me está costando, por H o por B, hacerme este tiempo. Es mucho más el tiempo que paso deseando sentarme a escribir, queriendo disponer del rato necesario para dejar que las palabras se organicen de algún modo convencionalmente útil, porque no se trata de dejar un acertijo sino de expresar una opinión, o puesto en términos culinarios, no solo listar los ingredientes sino también adelantar un poco el método, y dejar un poco más en evidencia las sinapsis y los silogismos; pero cuando el tiempo apremia, como anoche, apenas me alcanzó para cerrar la idea y quedan textos con errores de sintaxis, o palabras repetidas sin intención, o cosas en el tintero.

Ando por ahí, distraído en lo de siempre, y cada tanto me asalta una idea, pienso que me gustaría desarrollar tal tema, y surgen conceptos, recuerdos, anécdotas, y malaya la hora de que eso no me pase cuando estoy al pie del cañón, y malaya la hora también, porque las ideas son ligeras, son como semillas de estación, hay un momento para plantarlas, y sino más tarde ... a esforzar la memoria.

Soy todo mi pasado, menos lo que dejé en el camino. Soy todos los libros que leí -que son menos de los posibles-, soy todas las charlas que tuve, soy todas las cosas que escuché. Sé que cada una de las ideas que anuncio tener, es algo que ya tenía desde antes de pensarla. Cuando una idea se abre camino, y llega a los codazos hasta el plano de la conciencia, decimos "tengo una idea", cuando en realidad tenemos miles (y dejo para Borges pensar si no será que las tenemos todas). Es decir, no producimos ideas, las ideas están ahí, esperando su cuarto de hora. Cuando decimos que elaboramos una idea, en realidad estamos haciendo un trabajo fino, como cuando los arqueólogos con el pincel u otra herramienta le quitan el polvo a los huesos a medio desenterrar. Entonces, de las ideas que se asomaron y se volvieron a refugiar dentro de mí, se que puedo esforzarme en recrearlas con resultado incierto pero diferente -uno no es uno, es uno y su circunstancia- o respetar su propio ciclo y esperar su regreso, apostando a que regresen reconocibles o mejores.

Algo de eso me pasa hoy. Encontré el momento para sentarme, justo aquel en el cual las ideas decidieron retirarse. Anoche hubiera sido mejor, es notable como un poco de vino alcanza para lubricar las dendritas. Un poco más de un poco en verdad, pero tampoco tanto. Una botella entre dos, acompañando la excepción que hicimos frente a una costumbre que no tenemos, y ya que el 2012 nos regala un bisiesto, enfrentemos el día bonus de febrero y cerremoslo con unos ñoquis aportados por un amigo de la casa.

Esto de ser todos los libros que leí (etc., etc.) venia en combinación con que también soy todo lo que comí y bebí y -omito algunos verbos comprometedores- en estas casi cuatro docenas de años. Sé que pensar en cual será la relación entre una célula cualquiera de mi cuerpo y algún plato de comida anterior parece una pregunta cannabácea, pero se me ocurrió estando sobrio en todos los sentidos posible, mal que le pese al estigma de Obélix que cargo conmigo.

Recordé entre la escritura original de este post y su primera revisión haber visto estos últimos días, en la cuadra del colegio de mis hijos, un pequeño negocio de ropa llamado "Eureka". A fuerza de relecturas y sinapsis, recordé por que pensé en la palabra Eureka antes de prestarle atención a la marquesina del local, fue en el momento en que me dije "de esto voy a escribir" por última vez antes de comenzar este post, aunque recuerdo eso pero no se si está presente hoy el tema que haya inspirado la expresión. Sé que pensaba titularlo Eureka, decisión que como verán abandoné antes y recupero hoy. Decia que no recuerdo cual fue el tema que me hizo pensar en decir eureka, pero sí recuerdo que me quedé pensando en la diferencia entre la intención de quien convirtió la expresión en onomatopeya, celebrando el alumbramiento de una idea, y cuanto más se popularizo la palabra petróleo como metáfora del hallazgo.

Cuando elegí el título anterior de este post (o el título del post anterior a este, como prefieran verlo), tenía que ver con una más de las ideas que saqué a tomar aire estos días. Sigo leyendo La vuelta al día en 80 mundos de Cortázar, libro que amerita una lectura que recomiendo y algún largo y extenso comentario que quizás algún día escriba. Promediando el libro, ya encontré en varias oportunidades la palabra cronopio, que creo recordar de haber leído por algún lado antes, siempre asociada a Cortázar. No conozco con precisión su significado, pero me da la sensación de que ser cronopio es bueno. En alguna de las últimas noches, encontré que mencionó la existencia de almas y esperanzas además de los cronopios. No entendí aun la clasificación que propone.

El libro me sigue gustando, pero reconozco que no lo estoy leyendo con la dedicación necesaria. Además de abocarme a él como última actividad del día, previo a quedarme dormido, lo que ocurre a las pocas hojas, lo leo en un estado de desconcentración, y el mecanismo de asimilación no funciona a nivel consciente. No se trata de una novela, donde hay una cronología, una historia, un personaje que seguir. Entonces yo sé que la vista pasó letra por letra, palabra por palabra, oración por oración, pero hay un funcionamiento defectuoso en el mecanismo triangular de la vista, el intelecto y la memoria, aplicado a las funciones de conocer, entender y memorizar. Leo sin entender ni capturar, o leo y entiendo pero me olvido como un pasatiempo, o como alguna película polaca que vi en el teatro San Martín, leo y recuerdo pero nunca aprendí nada. Hay en cada capítulo un tema tratado, pero no se cuanto de lo que leo se registra en forma individual, o va a parar a un repositorio de palabras y conceptos, una nube amorfa e indeterminada, de la que, cada tanto, algo precipita.

Entonces es como el aire, que siempre tiene polvo en suspensión, y de a poco va dejándolo caer. Uno no se da cuenta ni como ocurrió ni puede precisar cuando y probablemente tampoco decir de donde vino, pero ese polvo que no se percibe mientras flota va sedimentando, y tan pronto sedimenta, es polvo pero es tierra, y con el tiempo, algo nacerá de ahí. A esto venia, cuando decía al principio que soy un montón de ideas, y probablemente no sea más que eso, ideas de las que en una gran mayoría no recuerdo el origen, son conceptos que estaban en el aire, y por distintas causas sedimentaron en mí.

-.-

Y releyendo, llego a la conclusion de que no soy mas que lo que el tiempo hizo sedimentar, mis ideas, conocidas por mi o no, expuestas o no, no soy mas que todo ese gran repositorio neuronal. Lo demás, lease intentos de responder mencionando un rasgo físico, una ocupación, una conducta, son clasificaciones parciales e inconducentes, el que quiera saber quien soy, que conozca mis ideas más que mi persona.

¡Y despues que me lo explique!.

jueves, 1 de marzo de 2012

Sedimentos

Por un momento me pregunto: ¿que soy?.

La pregunta es mínima, vaga, imprecisa. No está muy claro que es lo que uno se pregunta, ni mucho menos la respuesta. No podría darla. Ninguna colección de sustantivos y adjetivos podría abarcar todo. Y probablemente, si respondo y enumero, caiga en la trampa de decir que soy mi pasado, porque lo que soy es ahora, ya, lo demás lo fui o lo seré.

Entonces, soy durante un segundo, un arsenal de recuerdos y vivencias, de conocimientos e ignorancias, y soy también uno o más planes, soy todos mis proyectos, no necesariamente congruentes entre sí.

Me está costando, por H o por B, hacerme este tiempo. Es mucho más el tiempo que paso deseando sentarme a escribir, queriendo disponer del rato necesario para dejar que las palabras vean la luz. Ando por ahí, distraído en lo de siempre, y cada tanto me asalta una idea, pienso que me gustaría desarrollar tal tema, y surgen conceptos, recuerdos, anécdotas, y malaya la hora de que eso no me pase cuando estoy al pie del cañón, y malaya la hora también, porque las ideas son ligeras, son como semillas de estación, hay un momento para plantarlas, y sino mas tarde ... a esforzar la memoria.

Soy todo mi pasado, menos lo que dejé en el camino. Soy todos los libros que leí -que son menos de los posibles-, soy todas las charlas que tuve, soy todas las cosas que escuché. Sé que cada una de las ideas que tengo,es algo que tengo desde antes de pensarla. Cuando una idea se abre camino, y llega a los codazos hasta el plano de la conciencia, decimos "tengo una idea", cuando en realidad tenemos miles (y dejo para Borges pensar si no será que las tenemos todas). Es decir, las ideas no se producen, las ideas están. Cuando decimos que elaboramos una idea, en realidad estamos haciendo un trabajo fino, como cuando los arqueólogos con el pincel u otra herramienta le quitan el polvo a los huesos a medio desenterrar. Entonces, de las ideas que se asomaron y se volvieron a refugiar dentro de mí, se que puedo esforzarme en recrearlas con resultado incierto pero diferente -uno no es uno, es uno y su circunstancia- o respetar su propio ciclo y esperar su regreso.

Algo de eso me pasa hoy. Encontré el momento para sentarme, justo aquel en el cual las ideas decidieron retirarse. Anoche hubiera sido mejor, es notable como un poco de vino alcanza para lubricar las dendritas. Un poco más de un poco en verdad.

Esto de ser todos los libros que leí etc. etc. también venia con que soy todo lo que comí y bebí -omito algunos verbos comprometedores- en estas casi cuatro docenas de años. Sé que pensar en cual será la relación entre una célula cualquiera de mi cuerpo y algún plato de comida anterior parece una pregunta cannabácea, pero se me ocurrió estando sobrio en todos los sentidos posibles, aunque el estigma de Obelix me persiga.

No recuerdo cual fue el tema que me hizo pensar en decir eureka, pero sí recuerdo que me quedé pensando en la diferencia entre la intención de quien convirtió la expresión en onomatopeya, celebrando el alumbramiento de una idea, y cuanto más se popularizo la palabra petróleo como metáfora del hallazgo.

Al ver el título que elegí para este post, recuerdo ahora una más de las ideas que saque a tomar aire estos días. Sigo leyendo La vuelta al día en 80 mundos de Cortázar, libro que amerita una lectura que recomiendo y algún largo y extenso comentario que quizás algún día escriba. Promediando el libro, ya encontré en varias oportunidades la palabra cronopio, que creo recordar de haber leído por algún lado antes, siempre asociada a Cortázar. No conozco con precisión su significado, pero me da la sensación de que ser cronopio es bueno. En algún capitulo reciente, menciono que además de los cronopios hay almas y esperanzas. No entendí aun la clasificación que propone.

El libro me sigue gustando, pero reconozco que no lo estoy leyendo con la dedicación necesaria. Además de dedicarle el último rato del día, previo a quedarme dormido, lo que ocurre a las pocas hojas, lo leo en un estado de desconcentración, y el mecanismo de asimilación no funciona a nivel consciente. No se trata de una novela, donde hay una cronología, una historia, un personaje que seguir. Entonces se que la vista paso letra por letra, palabra por palabra, oración por oración. Hay en cada capítulo un tema tratado, pero no se cuanto de lo que leo se registra en forma individual, o va a parar a una nube de palabras y conceptos, una nube amorfa e indeterminada, de la que, cada tanto, algo precipita.

Es como el aire, que siempre tiene polvo en suspensión, y de a poco va dejándolo caer. Uno no se da cuenta ni como ocurrió ni puede precisar cuando y probablemente tampoco decir de donde vino, pero ese polvo va sedimentando, y tan pronto sedimenta, es. A esto venia, decía que soy un montón de ideas, y probablemente no sea mas que eso, de las que en una gran mayoría no conozco el origen, son conceptos que estaban en el aire, y por distintas causas sedimentaron sobre mi.

-.-

Hoy viernes pulí un poco lo dicho anoche. Vi hoy de donde vino la palabra Eureka, de un pequeño negocio de ropa en la cuadra del colegio de mis hijos, al que estoy yendo a diario, asi llamado.

Y releyendo, llego a la conclusion de que no soy mas que lo que el tiempo hizo sedimentar, mis ideas, conocidas por mi o no, expuestas o no, no soy mas que todo ese gran repositorio neuronal. Lo demás, lease intentos de responder mencionando un rasgo físico, una ocupación, una conducta, son clasificaciones parciales e inconducentes, el que quiera saber quien soy, que conozca mis ideas.

¡Y despues que me lo explique!. Quizás deba corregir mi presentacion en el encabezado del blog.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...